La cocaína líquida pone a prueba a puertos, laboratorios y agencias aduaneras

Ante controles aduaneros cada vez más sofisticados, las organizaciones criminales transnacionales (OCT) recurren a modalidades de ocultamiento cada vez más complejas. Entre ellas figura la llamada cocaína líquida, obtenida modificando las características físicas de la droga e incorporándola a matrices líquidas o viscosas aparentemente legales, como bebidas, jugos y pulpa de fruta, aceites, champús, cremas y geles.

Una vez que llega a su destino, la cocaína debe ser recuperada mediante procesos químicos. La complejidad de estas operaciones no elimina su rentabilidad: los elevados beneficios de los mercados de destino pueden hacer económicamente sostenibles incluso eventuales pérdidas durante el proceso de recuperación.

“Los primeros casos fueron detectados por las autoridades alrededor de 2010-2011 y hacen parte de las innovaciones que los narcotraficantes implementan dentro de su negocio, tratando de burlar los controles de las autoridades”, explica a Diálogo Luis Fernando Trejos Rosero, profesor e investigador de la Universidad del Norte en Barranquilla, Colombia.

Aunque existen antecedentes anteriores de cocaína disuelta o impregnada en otros materiales, la modalidad ha adquirido mayor visibilidad y se ha extendido por la región, con técnicas cada vez más sofisticadas. En algunos casos, la cocaína se disuelve en una solución utilizada para impregnar materiales sólidos, como la madera, lo que dificulta aún más distinguirla de la mercancía legal que la contiene.

En Chile, en junio de 2026, una investigación de seis meses permitió detectar 1080 toneladas de madera impregnada con sustancias ilícitas en los puertos de Arica, Valparaíso y San Antonio. Las autoridades estimaron que los cargamentos contenían aproximadamente 108 toneladas de drogas, principalmente clorhidrato de cocaína y ketamina.

“Esto es 100 por ciento trabajo de inteligencia y trabajo investigativo. Ningún hallazgo fue al azar”, declaró a Infobae el fiscal regional de Arica y Parinacota Mario Carrera.

El caso chileno evidencia cómo estas técnicas desplazan el desafío para las fuerzas de seguridad desde la simple detección de la droga hacia la capacidad de identificar rápidamente los cargamentos de riesgo sin ralentizar los flujos comerciales. La investigación, desarrollada de manera coordinada por la Fiscalía Regional de Arica y Parinacota, la Policía Marítima de la Armada de Chile y el Servicio Nacional de Aduanas, combinó inteligencia y análisis criminal para identificar las cargas contaminadas.

Dado que los controles exhaustivos requieren tiempo y recursos, resultan cruciales la cooperación interinstitucional e internacional, la inteligencia criminal y financiera y las capacidades químico-forenses para seleccionar los cargamentos sospechosos y reconstruir las redes involucradas.

Autoridades bolivianas incautaron 1643 botellas de vinagre con cocaína líquida en Pisiga, Oruro, el 30 de julio de 2026. El cargamento tenía como destino Luxemburgo. (Foto: FELCN)

Las técnicas de ocultamiento

El término cocaína líquida no identifica una sola técnica, sino una familia de métodos mediante los cuales la droga se disuelve en una sustancia o se incorpora a un material hasta hacerla difícil de distinguir de la mercancía legal. La variedad de productos y materiales utilizados demuestra cómo el crimen organizado adapta el ocultamiento a la naturaleza de la mercancía, la ruta y el tamaño del cargamento.

En julio de 2026, por ejemplo, las autoridades bolivianas incautaron 1643 botellas destinadas a Luxemburgo en las que la cocaína estaba disuelta en vinagre balsámico. Según el fiscal departamental de Oruro, Aldo Morales, era la primera vez que las autoridades detectaban el uso de esta sustancia para ocultar cocaína liquida. La misma lógica se aplica a las grandes cadenas logísticas internacionales. En febrero de 2025, la Aduana neerlandesa detectó en el puerto de Róterdam tres contenedores procedentes de Brasil cargados con tambores refrigerados de jugo de fruta. En varias decenas de ellos, la cocaína había sido disuelta en líquido; análisis de laboratorio determinaron que el cargamento representaba 2950 kilogramos de cocaína.

El ocultamiento puede ir más allá de la disolución, hasta convertir la cocaína en parte del propio material transportado. “Estoy al tanto de casos en los que se utilizaron sacos que contenían grandes cantidades de fragmentos de plástico o caucho, de los cuales solo un porcentaje relativamente pequeño estaba impregnado de cocaína”, declaró a Diálogo Tony Saggers, consultor independiente y exjefe de la Sección de Amenazas de Drogas e Inteligencia de la Agencia Nacional contra el Crimen del Reino Unido. “Esto supone una enorme labor de inspección, a menos que las fuerzas del orden logren identificar marcas u otros indicios que permitan determinar dónde se encuentra la cocaína, o dispongan de información de inteligencia específica. Incluso en ese caso, sin embargo, el análisis forense requiere mucho trabajo para triturar el material en el que está incorporada la droga y realizar el proceso de extracción”, dijo.

La cocaína líquida también puede transportarse mediante las llamadas mulas, distribuyendo pequeñas cantidades entre varios correos. La fragmentación reduce el riesgo para la red: un solo decomiso no necesariamente compromete su operatividad y dificulta vincular los diferentes casos y reconstruir la cadena completa.

La cadena química del tráfico

La cocaína líquida introduce un componente químico muy especializado en la cadena del narcotráfico, necesario tanto para transformar la droga antes del envío como para recuperarla en el país de destino. La modificación de la sustancia genera así nuevas necesidades logísticas e investigativas a lo largo de la ruta. En Latinoamérica se han descubierto varios laboratorios vinculados a estas actividades.

En abril de 2026, las autoridades peruanas destruyeron 12 laboratorios clandestinos en la región del Valle de los Ríos Apurímac, Ene y Mantaro (VRAEM) e incautaron más de 1,6 toneladas de sulfato de cocaína en estado líquido, junto con grandes cantidades de sustancias químicas. La operación fue realizada de manera conjunta por el Ejército del Perú y la Policía Nacional.

Sin embargo, el componente químico no termina en el país de origen. “En el país de destino, la organización que ha comprado el cargamento debe contar con las capacidades técnicas, los recursos humanos y la infraestructura necesaria para extraer nuevamente la cocaína del material utilizado para ocultarla”, explica Trejos.

Estas capacidades también pueden ser subcontratadas a personas ajenas a las organizaciones criminales, dificultando la identificación de sus vínculos con la red. Un caso judicial surgido en Bélgica en 2025 documentó cómo un grupo criminal que importaba cocaína líquida desde Latinoamérica había contratado a un químico, sin revelarle inicialmente la naturaleza de la actividad.

La transformación química traslada así parte del riesgo del país de producción al país de destino. El proceso de recuperación requiere laboratorios y conocimientos especializados. La Agencia de la Unión Europea sobre Drogas (EUDA) ha documentado en Europa el descubrimiento de laboratorios para el procesamiento de cocaína, incluidos sitios utilizados para la extracción segundaria de cocaína ocultada químicamente en materiales.

Según Saggers, además de los químicos colombianos enviados para la extracción, las redes criminales neerlandesas cuentan con décadas de experiencia en la gestión de laboratorios clandestinos para la producción de drogas sintéticas, así como con la ubicación estratégica de los puertos de Róterdam y Amberes, “a través de los cuales llega la cocaína y donde es entregada directamente bajo su control”.

“En términos de laboratorios, estos suelen ser estructuras informales, a menudo instaladas en almacenes, que contienen los equipos y productos químicos necesarios para recuperar la cocaína. Los neerlandeses tienen décadas de experiencia operando clandestinamente este tipo de laboratorios improvisados para la producción de drogas, lo que facilita su adaptación para la extracción de cocaína”, explicó Saggers.

Las dificultades de detección y las medidas posibles

La evolución de la cocaína líquida exige una respuesta de múltiples niveles, en la que inteligencia, tecnologías de inspección, análisis químicos y cooperación operen a lo largo de toda la cadena: antes de la partida, durante el transporte y en el destino. El objetivo no es solo detectar la droga, sino utilizar cada nivel de control para reconstruir la red que la produce, transforma y transporta.

El primer nivel es la inteligencia preventiva, que debe intervenir antes de la salida del cargamento. El análisis de empresas, documentación comercial, rutas, volúmenes y operadores logísticos puede revelar anomalías y concentrar los controles en los envíos de mayor riesgo.

El segundo nivel corresponde a los puertos de origen y tránsito. Según un informe del Centro Internacional de Investigación y Análisis contra el Narcotráfico Marítimo de la Armada de Colombia, la radiografía y la fluoroscopia siguen siendo herramientas fundamentales para la inspección no intrusiva, pero pueden presentar limitaciones para detectar cocaína incorporada a determinados materiales. Tecnologías más avanzadas, como la tomografía computarizada multidetector, ofrecen una caracterización tridimensional más detallada, aunque su utilización depende de inversiones e infraestructura adecuadas.

El tercer nivel es el químico-forense. Los análisis químicos, incluida la espectrometría de masas, permiten confirmar la presencia y composición de la droga. Cuando estos resultados forman parte de programas más amplios de perfilamiento forense, pueden contribuir a comparar muestras de distintos decomisos, identificar características comunes y, combinados con inteligencia y datos logísticos, generar nuevas líneas de investigación sobre laboratorios, químicos, proveedores de precursores y solventes, intermediarios y operadores.

Para convertir estos datos en resultados investigativos, deben poder compararse y compartirse entre países. Una red que produce la droga en una nación, la transforma en otra y la transporta a través de una tercera jurisdicción deja rastros fragmentados a lo largo de toda la cadena. El intercambio oportuno de inteligencia, datos logísticos y resultados forenses permite comenzar a recomponer esos elementos.

Ese carácter transnacional también pone de relieve el valor de mecanismos de cooperación regional como la Coalición contra los Cárteles de las Américas. Creada en marzo de 2026 y ampliada a 19 países socios en agosto, la coalición busca fortalecer la capacidad de las naciones del hemisferio para actuar conjuntamente contra las redes del narcotráfico. Durante su encuentro de agosto en Panamá, los países participantes comenzaron a establecer grupos de trabajo con miras a desarrollar operaciones conjuntas.

La cocaína líquida muestra por qué esa coordinación puede resultar decisiva. Compartir información permite que un decomiso deje de ser un hecho aislado y se convierta en un punto de partida para identificar y desarticular otros componentes de la red.

Como señala Saggers, “una combinación sólida de inteligencia, cooperación y tecnología debe formar parte de los esfuerzos futuros para el contraste”. Frente a métodos de ocultamiento diseñados precisamente para aprovechar las fronteras entre países, agencias y sistemas de control, la capacidad de conectar esas piezas puede ser tan importante como detectar la droga misma.

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