Los principales grupos criminales que operan en Latinoamérica están demostrando una capacidad de adaptación cada vez mayor, tanto en los métodos de transporte como en las rutas utilizadas, con el fin de llegar a los mercados de los Estados Unidos y Europa. Según las necesidades operativas, sustituyen los grandes puertos por puntos de desembarco aislados, emplean semisumergibles o trasladan la droga en alta mar. Sus métodos de ocultación han alcanzado nuevos niveles de sofisticación, que van desde la dilución de los narcóticos en latas de bebidas gaseosas hasta complejas combinaciones químicas.
Alta mar
A principios de enero, las autoridades españolas realizaron el mayor decomiso de droga en alta mar de su historia: 10 toneladas de cocaína ocultas en un cargamento de sal a bordo de una embarcación de 51 años de antigüedad. El buque fue cargado en mar abierto frente a Fortaleza, en Brasil antes de poner rumbo a África occidental. El plan era descargar la mercancía cerca de las Islas Canarias y abandonado el barco a la deriva. Según el diario La Razón, siete indígenas habrían sido obligados por la fuerza a formar parte de la tripulación, mientras que dos ciudadanos serbios habrían sido utilizados durante el largo viaje como prueba de buena fe de los vendedores frente a los compradores.
“Las rutas y las estrategias han cambiado porque el tráfico de cocaína se ha adaptado a la globalización, a la presión represiva y, sobre todo, a la necesidad de acercarse a los mercados de consumo más rentables”, explica a Diálogo Ruggero Scaturro, analista senior de la Iniciativa Global contra el Crimen Organizado Transnacional (GI-TOC), una red de expertos con base en Suiza que promueve el diálogo global sobre el crimen organizado.
Expansión e integración vertical
Muchas organizaciones criminales latinoamericanas han comenzado a establecer presencias estables en los países de consumo o en áreas inmediatamente cercanas. Además de los cárteles mexicanos y colombianos, esta estrategia incluye al Primer Comando de la Capital (PCC) brasileño e incluso al venezolano Tren de Aragua. En noviembre de 2025, las autoridades españolas desmantelaron una célula del Tren de Aragua que operaba en la península y detuvieron a 13 de sus miembros.
Estos grupos ya no se limitan a exportar cocaína, sino que también controlan el almacenamiento, la protección de los cargamentos, la recuperación de contenedores en los puertos y los vínculos con los mayoristas locales en los países de destino. De este modo reducen la intermediación, aumentan los márgenes de ganancia y hacen que las cadenas del tráfico sean más eficientes y directamente controlables.
“Paralelamente, han surgido hubs de tránsito en países con instituciones más débiles o con puertos en rápida expansión, como Ecuador, Brasil y África occidental, que se utilizan para fraccionar, reetiquetar y reorganizar los envíos hacia Europa”, señala Scaturro.
El papel de África
África occidental y el Sahel se han convertido en nodos cada vez más centrales en las rutas de la cocaína, gracias a una combinación ideal de ubicación geográfica y fragilidad institucional. Desde el punto de vista logístico, la región se sitúa exactamente a lo largo de las principales rutas marítimas y aéreas que conectan Latinoamérica con Europa. Al mismo tiempo, en muchos países las limitadas capacidades de control portuario, aduanero y territorial facilitan el paso, la fragmentación y la reconfiguración de los cargamentos ilícitos.
“Para los grupos latinoamericanos, África permite fragmentar las rutas, reducir el riesgo de grandes decomisos y ocultar el origen latinoamericano de la cocaína antes de que entre en el mercado europeo. Además, el uso de intermediarios locales reduce la exposición directa de las organizaciones latinoamericanas”, afirma Scaturro.
Según datos del GI-TOC, un tercio de la cocaína que llega a Europa transita por África occidental. El pasado septiembre, dos buques franceses incautaron 10 toneladas de cocaína en el golfo de Guinea, mientras que en 2024, durante una escala en Guinea-Bisáu, las autoridades locales decomisaron 2,6 toneladas de cocaína a bordo de un avión procedente del estado venezolano de Apure.
El arraigo de las redes del tráfico de cocaína en África, donde amplias zonas están marcadas por conflictos armados y la presencia de grupos yihadistas, alimenta una peligrosa convergencia entre crimen organizado y terrorismo, con graves implicaciones para la seguridad regional e internacional.
“En varias zonas del Sahel, los grupos armados ofrecen protección, escolta o control territorial a cambio de pagos o de una parte de los beneficios del tráfico. Esto fortalece financieramente a actores violentos, contribuye a la inestabilidad regional y hace que las rutas sean más resilientes frente a la represión estatal”, explica Scaturro.
innovación en los métodos de ocultamiento
Para eludir los controles, los narcotraficantes recurren a técnicas cada vez más sofisticadas, como el uso de cargas “parásitas”. Un ejemplo notable se produjo en noviembre de 2025 en el puerto de Buenaventura, Colombia. Durante un barrido submarino de rutina, los buzos de la Armada de Colombia descubrieron siete bolsas negras selladas escondidas dentro de la toma de agua de un buque mercante, una zona de entrada de agua situada muy por debajo de la línea de flotación. Al fijar una carga en el exterior, los traficantes pueden transportar narcóticos sin que la tripulación o el capitán del barco se den cuenta. En esta sola operación, las autoridades recuperaron cocaína por valor de unos USD 10 millones.
Desde Colombia y Brasil, además, los cárteles también cargan estupefacientes en barcos dedicados al transporte de ganado, aprovechando el mal olor y las objetivas dificultades de inspección a bordo. Casos de este tipo se registraron en España en 2023 y, más recientemente, en Australia. En los últimos años también se ha producido el llamado “efecto colchón de agua” (waterbed effect). Con el aumento de la represión policial, los narcotraficantes se desplazan hacia puertos más pequeños, creando nuevas rutas.
La innovación tecnológica y química se ha convertido igualmente en un verdadero multiplicador de poder para las redes del narcotráfico, ya que permite ocultar la cocaína en formas cada vez más difíciles de detectar, transformando el propio producto. Un ejemplo emblemático es la llamada “cocaína negra”, una técnica que dificulta la identificación de la sustancia durante los controles. En noviembre pasado, 40 kilogramos destinados al mercado australiano fueron descubiertos en un depósito de Manaos, en Brasil.
“Se trata de una mezcla en la que la cocaína está químicamente ligada al carbón, a pigmentos u otras sustancias industriales. En esta forma no reacciona a los test habituales y puede enviarse como fertilizante, carbón o polvos industriales, para luego ser purificada químicamente en destino”, explica Scaturro.
También está en aumento el uso de cocaína líquida, obtenida disolviendo la sustancia en líquidos de uso común, como vino o champú, y transportándola como mercancía aparentemente legal. Una vez llegada a destino, la droga es “recristalizada” en laboratorios clandestinos. Esta técnica permite eludir los controles tradicionales, en particular los basados en perros antidroga y pruebas rápidas.
“Estas técnicas hacen que el tráfico sea más resiliente porque trasladan el riesgo del momento del transporte al de la transformación final, que a menudo tiene lugar cerca de los mercados de consumo. En la práctica, la química permite a los grupos criminales integrar la cocaína en las cadenas del comercio legal, haciendo que los controles tradicionales sean cada vez menos eficaces”, concluye Scaturro.
Un frente unido
A pesar de la creciente astucia de las redes criminales, 2025 ha marcado un punto de inflexión en la cooperación regional. A lo largo del año, las fuerzas de seguridad y militares de toda las Américas han demostrado que cuando los aliados se unen, el espacio operativo de las organizaciones criminales se reduce.
Hitos importantes, como las incautaciones marítimas sin precedentes en el Caribe y la ejecución exitosa de la campaña naval multinacional Orión, que dio lugar a la incautación de más de 2300 toneladas métricas de narcóticos, han demostrado el poder del intercambio de inteligencia en tiempo real y las patrullas navales conjuntas.
Los éxitos de 2025 ponen de relieve una verdad fundamental: las amenazas transnacionales requieren una respuesta transnacional. Al seguir reforzando la colaboración y profundizando las alianzas en materia de seguridad portuaria con los aliados europeos, las fuerzas regionales están yendo más allá de las medidas reactivas. Esta postura unificada no solo interrumpe el flujo inmediato de narcóticos, sino que también desmantela la infraestructura financiera y logística que sustenta la delincuencia organizada, lo que garantiza un hemisferio más seguro y resiliente para los años venideros.



