En el mar de China Meridional, Pekín perfeccionó un método de expansión basado en la combinación de diplomacia, presión económica e infraestructura de uso dual. Sin recurrir al conflicto militar, ha logrado consolidar su influencia en una de las regiones más disputadas del mundo.
Ahora, una serie de dinámicas similares emerge en Latinoamérica, donde flotas pesqueras, inversiones portuarias y proyectos tecnológicos avanzan bajo un manto de opacidad y vulnerabilidades estratégicas, advierte un informe de la publicación internacional de inteligencia Geopolitical Monitor. China, sin hacer demasiado ruido, está en todos los niveles.
Jorge Serrano, asesor de seguridad e inteligencia del Congreso de Perú, lo resume en términos claros para Diálogo: “China tiene proyectos de largo plazo en todos los ámbitos en Latinoamérica, y esos planes avanzan con o sin consenso. No hay contrapesos democráticos ni partidos políticos que puedan frenarlos. Pekín ha establecido una estrategia de largo plazo para imponerse en el terreno que considere prioritario”.
Fragilidad de alianzas y marcos regulatorios
En Asia, los países del Sudeste Asiático maniobran para equilibrar sus lazos con China sin perder soberanía. En Latinoamérica, las alianzas muestran una fragilidad similar. Honduras rompió en 2023 con Taiwán para reconocer a Pekín, seducida por incentivos económicos. Brasil, fundador de los BRICS, busca autonomía, pero depende cada vez más de las inversiones chinas.
En Argentina, acuerdos recientes entre la provincia de Santa Cruz y la empresa china Fuzhou Hongdong para construir astilleros y plantas pesqueras han encendido tensiones en la Patagonia, alimentadas por la falta de controles nacionales y riesgos ambientales y económicos.
En Chile, la compra de la Compañía General de Electricidad (CGE) por la estatal State Grid elevó la participación china a más del 50 por ciento del mercado eléctrico, una maniobra que, como señala el diario chileno El Mostrador, despertó serias dudas regulatorias.
Estos movimientos confirman el diagnóstico de Geopolitical Monitor: “China forma parte del escenario de zonas grises en Latinoamérica, donde la promesa de desarrollo puede derivar en dependencia estratégica”. Como en Asia, la batalla por la influencia no se libra con armas, sino con contratos, inversiones y regulaciones débiles.
“Al nivel de avance que China ha alcanzado, los países latinoamericanos no cuentan con capacidad económica, militar, tecnológica ni logística para contrarrestarla”, advierte Serrano. “Solo actores con similar poder geopolítico podrían actuar, estableciendo iniciativas estratégicas que contrarresten su expansión”.
Infraestructura de doble filo
La infraestructura de uso dual —civil y militar— es el sello de la expansión china. En el mar Meridional, islas construidas artificialmente sobre arrecifes en disputa, fortificadas con pista de aterrizaje e instalaciones militares, consolidan el control regional. En Sudamérica, la estrategia es más sigilosa pero no menos efectiva. El puerto de Chancay, en Perú, controlado mayoritariamente por la estatal COSCO, se perfila como el nuevo centro logístico del Pacífico Sur, mientras persisten interrogantes sobre el alcance real de la influencia china.
Un proyecto polémico es el complejo industrial previsto en Tierra del Fuego, Argentina. El acuerdo, firamdo con Shaanxi Chemical Industry Group, incluye una planta química y un puerto polivalente en Río Grande. El proyecto suscita advertencias sobre los riesgos estratégicos, militares y de acceso a la Antártida debido a su ubicación. Medios locales, como DF SUD, advierten que este tipo de infraestructuras podrían abrir la puerta a usos militares, comprometiendo la soberanía nacional.
La estación espacial Espacio Lejano, también en Argentina, opera bajo estrictas cláusulas de confidencialidad, alimentando sospechas sobre sus fines reales. China ya gestiona al menos otras ocho estaciones en la región, desde Brasil hasta Venezuela, según el Centro para la Apertura y el Desarrollo de América Latina (CADAL). Estas instalaciones recuerdan a las islas artificiales que China contruyó en los arrecifes del mar de la China Meridional. Inicialmente disfrazadas de infraestructura civil, como refugios pesqueros, finalmente devinieron en estaciones militares.
“China avanza en Latinoamérica con infraestructuras estratégicas de uso dual. Lo hace por intereses económicos y geopolíticos que ningún gobierno, sea de derecha o izquierda, quiere afectar”, señala Serrano. “Además, su presión económica se traduce en influencia política y diplomática”.
La flota invisible y las disputas marítimas
China despliega una de las mayores flotas pesqueras de aguas profundas frente a las costas de Latinoamérica. Sus barcos operan en zonas económicas exclusivas de Argentina, Ecuador y Perú, realizando pesca ilegal, no declarada y no reglamentada (INDNR), depredando efectivamente los recursos mientras evaden controles nacionales.
“Estas prácticas erosionan normas internacionales sin confrontación militar directa,” explica Serrano. “China ejerce presión con la sola presencia de sus flotas; en Asia ha usado maniobras coercitivas, mientras que en Latinoamérica repite el patrón de sobreexplotación y presión indirecta”.
En paralelo, la disputa del Esequibo entre Venezuela y Guyana pone a prueba los límites de la influencia china. Tras nuevas exploraciones petroleras y un referéndum venezolano, Guyana recordó a China que la controversia sigue pendiente ante la Corte Internacional de Justicia, después de que un diplomático chino sugiriera negociaciones bilaterales. El canciller guyanés subrayó que Pekín debe respetar la integridad territorial guyanesa.
Serrano puntualiza: “China no libra guerras ni despliega tropas en Latinoamérica, pero avanza con otros medios. En Venezuela respalda a Maduro con petróleo anticipado, sistemas de identificación y capacitación militar. También se inserta en las tensiones marítimas. Así proyecta en la región las mismas dinámicas de zona gris que en Asia”.
Soberanía redefinida: la nueva zona gris
La experiencia latinoamericana comienza a parecerse, inquietantemente, a la del mar de China Meridional. La presión no es militar, sino económica, tecnológica y narrativa, debilitando la autonomía regional y creando dependencias que podrían durar décadas, advierte Geopolitical Monitor.
La soberanía, en este contexto, se redefine como capacidad de acción real más que legal. La estabilidad política y económica dependerá de la vigilancia constante y de la solidez de los marcos regulatorios.
“China ha demostrado en Asia cómo estas estrategias funcionan; ahora, su proyección en Latinoamérica sugiere que la zona gris puede remodelar la influencia global sin necesidad de guerra abierta”, concluye Geopolitical Monitor.
En la nueva geopolítica global, el poder avanza sin hacer ruido. Y, en Latinoamérica, el archipiélago invisible de la influencia china crece cada día, sin necesidad de disparar un solo tiro.



