Desde el corazón de Pekín hasta los foros digitales latinoamericanos, China coordina sofisticadas operaciones que combinan la última tecnología digital con alianzas estratégicas entre élites locales, todo con el objetivo de moldear percepciones públicas y decisiones políticas en la región.
El Partido Comunista de China (PCCh), a través de sus estructuras de guerra informativa, ha desplegado tácticas como el astroturfing —la simulación de apoyo popular— y el spamouflage, que implica la creación de perfiles falsos, para reforzar sus narrativas alineadas con el Estado, según indican múltiples informes internacionales.
División social y manipulación emocional
El PCCh ha explotado sistemáticamente divisiones sociales y electorales internas en países de todo el mundo. Según la corporación estadounidense de investigación RAND, China aprovecha tensiones internas para “dividir y desmoralizar a la población taiwanesa”. Del mismo modo, el Instituto Australiano de Política Estratégica (ASPI) identificó redes de spamouflage orientadas a amplificar voces extremistas y socavar la confianza en la política australiana.
Estas sofisticadas operaciones no se limitan a la difusión de información: buscan alterar emociones y percepciones para influir en decisiones individuales y desestabilizar sociedades. Así lo señala la Revista Europea de Derecho Internacional, subrayando que estamos ante un fenómeno que va mucho más allá de la propaganda tradicional.
El alcance de estas operaciones es motivo de gran preocupación para la comunidad internacional. En su informe anual de 2024, la Oficina del Director de Inteligencia Nacional de los Estados Unidos (ODNI) advirtió sobre “operaciones de influencia maligna” impulsadas por China a través de perfiles falsos en redes sociales, diseñadas para incidir en los comicios presidenciales. Pekín, además, está experimentando activamente con herramientas de inteligencia artificial (IA) generativa para perfeccionar y escalar estas tácticas de engaño.
Según el grupo de expertos Atlantic Council, “considera la información un recurso estratégico para sostener su régimen”, integrando sus operaciones de difusión en un marco más amplio de influencia económica, política, tecnológica y social. El control de información se ha convertido en uno de los instrumentos clave para ampliar el poder global de Pekín y promover la aceptación internacional de la visión del PCCh sobre el orden mundial.
Astroturfing: consenso fabricado en redes sociales
El astroturfing actual ha evolucionado hasta convertirse en una maquinaria digital que emplea bots y cuentas falsas, potenciadas por IA, para imitar interacciones humanas y simular consenso en plataformas como X, Facebook e Instagram. Aplicaciones como Telegram y WeChat también sirven como centros de coordinación para estas actividades.
El fenómeno se está expandiendo activamente a mercados importantes como Brasil, donde aplicaciones chinas como Kwai y WeChat han ganado terreno entre medios, instituciones y creadores de contenido. Un reportaje de Entorno Diario en Ecuador señala que Kwai se ha utilizado para manipular la visibilidad de publicaciones y promovido selectivamente ciertos temas, representando un riesgo tangible de influencia sobre el discurso público.
“China usa estas tácticas como parte de su estrategia de ‘poder agudo’, aprovechando las libertades de las democracias latinoamericanas”, explicó a Diálogo el académico Vladimir Rouvinski, del Centro de Estudios Interdisciplinarios de la Universidad Icesi en Colombia. “Estas operaciones pueden expandirse de forma discreta para influir en la opinión pública y los procesos políticos locales”.
La revista Time reportó en 2023 que cuentas como “Hoy Chile”, “Hoy Costa Rica” y “Hoy Paraguay” difundían en español contenido alineado con los intereses de Pekín, empleando técnicas de astroturfing para simular apoyo popular mediante bots y automatización, y así fabricar la ilusión de consenso social. Esta campaña mezcla mensajes culturales y políticos, posicionando a China como un aliado estratégico y promoviendo su modelo de “democracia con características chinas”, según Entorno Diario.
The Citizen Lab de la Universidad de Toronto advierte que el astroturfing “va más allá de la desinformación: fabrica consensos falsos y distorsiona el debate público”. Al silenciar la disidencia y amplificar agendas, estas operaciones erosionan la democracia digital y permiten imponer narrativas bajo la apariencia de apoyo ciudadano.
Rouvinski reconoce que “operaciones como el astroturfing y el spamouflage son difíciles de detectar y aún más de neutralizar. Aunque existen mayores capacidades para identificar redes inauténticas, responder de forma efectiva sigue siendo un reto técnico y político”. Añade que estas tácticas pueden intensificarse “en escenarios donde China perciba riesgos para el posicionamiento que ha logrado en la región”.
Spamouflage: la ingeniería de la propaganda digital
Mientras que Rusia fue pionera en el uso de bots y granjas de trolls para manipular el discurso digital, China ha adaptado y perfeccionado estas tácticas para difundir narrativas estatales y censurar críticas. Ambas potencias emplean IA para fabricar noticias falsas, videos y publicaciones que distorsionan la realidad.
La red de propaganda Spamouflage, identificada inicialmente en 2019 por la empresa de análisis de redes sociales Graphika, ha perfeccionado sus métodos para evadir la detección y amplificar su alcance. Opera mezclando contenido político con publicaciones culturales y utiliza cuentas falsas o secuestradas para ganar credibilidad. Su funcionamiento descentralizado, con múltiples grupos replicando contenido similar, dificulta su erradicación y permite saturar audiencias estratégicas, indicó Graphika.
En 2023, la Fundación para la Defensa de las Democracias reportó que Meta eliminó más de 7700 cuentas y 954 páginas de Facebook vinculadas a spamouflage, describiéndolo como “la mayor operación de influencia multiplataforma detectada hasta el momento”. Sin embargo, la red permanece activa y en continua evolución. En mayo de 2025, Meta desarticuló nuevas redes de influencia de menor tamaño, originarias de China, que ya había integrado el uso de personajes generados por IA para dirigirse a audiencias de regiones como Taiwán y Japón, lo que confirma que Pekín está perfeccionando rápidamente sus tácticas engañosas para evadir la detección y aumentar su credibilidad.
Freedom House ha documentado que países como Ecuador, durante elecciones y periodos de polarización, han sido escenario de operaciones coordinadas de cuentas falsas y redes de bots, evidenciando la vulnerabilidad del espacio informativo local. Rouvinski advierte que los contextos electorales sensibles, como los de Honduras o Colombia, son especialmente susceptibles a este tipo de operaciones, y que “Pekín ha seguido de cerca las fricciones entre el Gobierno de Gustavo Petro con varios países, evaluando escenarios que podrían favorecer sus intereses”.
“Mediante campañas de desinformación, astroturfing y otras tácticas, China podría inclinar percepciones y decisiones públicas hacia narrativas que respalden su posicionamiento político en la región”, agregó Rouvinski.
The Citizen Lab también documentó el uso de sitios web falsos que aparentan ser medios regionales para insertar mensajes alineados con los intereses de Pekín, una táctica coherente con las prácticas de spamouflage y astroturfing.
IA: la nueva frontera de la manipulación
La manipulación digital ha entrado en una nueva era impulsada por IA. RAND describe la evolución de los bots desde simples repetidores hasta la manipulación 3.0, donde la IA incrementa la credibilidad de los emisores y difumina los límites entre realidad y ficción.
Rouvinski advierte que “aún falta comprender la magnitud y la variedad de herramientas empleadas por China para avanzar sus intereses en Latinoamérica”. Según el académico, los países latinoamericanos carecen de la preparación institucional y tecnológica para hacer frente a estas amenazas ya que cuando China decide actuar, lo hace con rapidez y eficacia.
Para Rouvinski, los gobiernos tendrán que invertir recursos en capacidades que les permitan detectar y mitigar este tipo de operaciones. “La única forma de reducir el impacto”, concluye Rouvinski, “es generar conciencia pública sobre estas estrategias y fortalecer la resiliencia informativa en las democracias”.



