Los corredores marítimos del Caribe y el Pacífico Oriental se han convertido en una de las principales fronteras de seguridad del hemisferio occidental. Además de sostener el comercio global y la pesca regional, estas rutas operan hoy como arterias logísticas del crimen organizado transnacional para el tráfico de drogas, armas, precursores químicos y otras mercancías ilícitas.
Según la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC), cerca del 80 por ciento de las incautaciones globales de cocaína están vinculadas a rutas marítimas. El endurecimiento de los controles terrestres y las restricciones durante la pandemia aceleraron aún más esta tendencia.
“Con las fronteras terrestres restringidas, las organizaciones criminales intensificaron el uso de corredores marítimos y ampliaron operaciones hacia trayectos oceánicos de larga distancia”, dijo a Diálogo Juan Pablo Toro, investigador senior de AthenaLab.
El fenómeno ha venido acompañado de una mayor sofisticación tecnológica. Las organizaciones criminales han perfeccionado el uso de lanchas rápidas, semisumergibles y contenedores contaminados para mover cargamentos ilícitos a través de corredores marítimos cada vez más complejos. Los narcosubmarinos evolucionan además hacia plataformas más autónomas, difíciles de detectar y capaces de operar en rutas oceánicas de largo alcance. “Básicamente, están operando drones marítimos para mover cargas ilegales”, agregó Toro.
De respuestas fragmentadas a una estrategia hemisférica
Ante este panorama los países de la región avanzan progresivamente hacia una mayor coordinación hemisférica en seguridad marítima. El nuevo enfoque combina operaciones multinacionales, intercambio de inteligencia, tecnologías avanzadas de vigilancia y fortalecimiento de la resiliencia portuaria.
El objetivo ya no es únicamente interceptar cargamentos ilícitos, sino desarticular redes criminales antes de que ingresen a las cadenas logísticas del comercio global.
La transformación responde a una realidad compartida en la que las amenazas marítimas son transnacionales y superan las capacidades de muchos países de la región. “Latinoamérica es muy grande y heterogénea, y los recursos para desarrollar capacidades son muy dispares, es fundamental una conciencia situacional marítima compartida y cooperativa”, dijo Toro.
Operaciones conjuntas y presión sostenida en el mar
La intensificación de operaciones multinacionales de interdicción marítima evidencia esta transformación. Entre diciembre de 2025 y enero de 2026, la Operación Triángulo Sur, liderada por Panamá junto con el Comando Sur de los Estados Unidos (SOUTHCOM) y la Fuerza de Tarea Conjunta Interagencial Sur (JIATF-S), desplegó activos navales y aéreos en el Caribe y el Pacífico Oriental para reforzar la coordinación regional contra el narcotráfico y otras actividades ilícitas.
En paralelo, durante 2025, la Operación Pacific Viper, encabezada por la Guardia Costera de los EE. UU. junto a SOUTHCOM y socios regionales, sostuvo una campaña continua de interdicciones en aguas internacionales que culminó con la incautación de más de 45 toneladas de cocaína.
“Cuando decimos que la Guardia Costera está acelerando las operaciones antidrogas, lo decimos en serio. Junto a nuestros socios y aliados, nuestra fuerza marítima está rastreando las rutas de contrabando en el Pacífico Oriental y desmantelando redes narcoterroristas”, afirmó el Contraalmirante Jeffrey Novak, subcomandante del Área del Pacífico de la Guardia Costera de los EE. UU.
A este patrón se sumó la Operación Pulpo, realizada en marzo de 2026 en el Pacífico Oriental. En menos de 24 horas, fuerzas de Ecuador, la Guardia Costera de los EE. UU. y la Administración para el Control de Drogas de los EE. UU. (DEA) ejecutaron interdicciones simultáneas frente a las costas ecuatorianas, decomisando más de 2 toneladas de cocaína y golpeando corredores estratégicos utilizados por organizaciones narcoterroristas.
Cooperación tecnológica e inteligencia integrada
Esta cooperación avanza junto al desarrollo de capacidades tecnológicas compartidas. Centros de fusión de inteligencia, monitoreo satelital, radares de apertura sintética (SAR), sistemas de identificación automática de embarcaciones (AIS) y plataformas de conciencia situacional marítima están redefiniendo la vigilancia del dominio marítimo.
La convergencia de estas capacidades permite integrar información en tiempo casi real, combinando señales de radar, trazas satelitales y datos AIS para reducir los espacios donde operan redes ilícitas.
En este ecosistema, la JIATF-S se consolida como un nodo clave de coordinación multinacional, articulando inteligencia entre fuerzas militares, agencias de seguridad y países socios para construir una imagen operativa común del mar.
La integración de estos sistemas ha fortalecido además el seguimiento transjurisdiccional, permitiendo anticipar rutas, detectar patrones y coordinar interdicciones con mayor precisión.
Los ejemplos abundan. En marzo de 2026, la Guardia Costera de los EE. UU. interceptó un semisumergible autopropulsado en el Pacífico Oriental durante una operación coordinada de vigilancia marítima, evidenciando el creciente uso de plataformas de baja detectabilidad por parte de organizaciones narcoterroristas y la integración operativa entre capacidades aéreas, navales y de inteligencia en el hemisferio.
Puertos: nueva frontera crítica de seguridad
Los puertos se han convertido en un nuevo eje de la seguridad marítima. Aunque son nodos esenciales del comercio global, también funcionan como puntos de infiltración para organizaciones criminales, que oculta mercancías ilícitas dentro de cadenas logísticas legítimas.
“Los esfuerzos de los grupos criminales por diversificar ingresos con metales, minerales, madera ilegal y precursores químicos han convertido a los puertos en una prioridad estratégica”, señaló a Diálogo Christopher Hernández-Roy, subdirector del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS).
El fenómeno no se limita a la salida de bienes ilícitos. También incluye el ingreso de armas y la importación de precursores químicos desde Asia para la producción de drogas sintéticas.
La complejidad del sistema portuario facilita estas dinámicas: millones de contenedores, múltiples operadores y controles limitados generan brechas que las redes criminales explotan mediante métodos cada vez más sofisticados. La Organización Mundial de Aduanas (OMA) identifica técnicas como el “gancho ciego” y la contaminación de contenedores en distintas fases de la cadena logística.
A ello se suma una dimensión geopolítica creciente. Diversos análisis estratégicos y de seguridad han advertido sobre los riesgos asociados a la expansión de empresas estatales chinas en infraestructura portuaria crítica, señalando preocupaciones relacionadas con transparencia, acceso logístico, dependencia estratégica y usos duales civiles-militares.
“Si se tiene un puerto gestionado íntegramente por China, como Chancay en Perú y, en cierta medida, Paranaguá en Brasil o Kingston en Jamaica, entonces se va a desarrollar un ecosistema delictivo en torno a ese puerto”, advirtió Hernández-Roy.
Cooperación e infraestructura crítica
El fenómeno ha impulsado nuevas respuestas de cooperación regional e internacional.
En enero de 2026, Guayaquil inauguró el primer Centro de Fusión de Inteligencia portuaria, bajo el proyecto EUFORT-EC con financiamiento de la Unión Europea. El centro integra capacidades de la Policía Nacional y de la Armada del Ecuador para detectar contaminación de contenedores y rastrear rutas ilícitas hacia Europa.
La tendencia es regional. En Panamá, ejercicios como PANAMAX-Alpha 2025 reforzaron la protección de infraestructura crítica y la interoperabilidad para la defensa del Canal de Panamá y otros nodos estratégicos vinculados al comercio marítimo hemisférico.
Una nueva arquitectura de seguridad
Mientras el crimen organizado transnacional continúa adaptándose, la respuesta hemisférica evoluciona hacia un modelo cada vez más integrado. La seguridad marítima ya no depende únicamente de acciones aisladas, sino en una red de operaciones coordinadas, intercambio de inteligencia, interoperabilidad y alianzas estratégicas.
Este cambio refleja una dinámica regional más amplia. “Hoy países que antes no estaban en el centro del problema, como Costa Rica, Ecuador, Chile o Uruguay, ya enfrentan el crimen como una prioridad de seguridad”, señaló Toro, destacando una preocupación compartida y una oportunidad creciente de cooperación hemisférica.
En conjunto, esta arquitectura emergente se perfila como un modelo replicable, donde la cooperación multinacional, la inteligencia integrada y la resiliencia institucional se consolidan como elementos centrales frente al crimen transnacional.



