La respuesta de Estados Unidos a los terremotos que golpearon a Venezuela el 24 de junio representa uno de los mayores despliegues de capacidades humanitarias y de socorro que Washington puede movilizar en el exterior. Liderada por la Oficina de Respuesta Humanitaria y ante Desastres (DHR) del Departamento de Estado e implementada en estrecha coordinación con el Departamento de Guerra y el Comando Sur de los EE. UU. (SOUTHCOM), la operación ha integrado búsqueda y rescate, logística militar y coordinación internacional con el objetivo de salvar vidas y apoyar la recuperación a largo plazo de un país que ya enfrentaba años de crisis económica y social.
“Estados Unidos reúne capacidades que pocos países en el mundo pueden igualar: transporte aéreo estratégico, logística de clase mundial, expertos en gestión de emergencias, apoyo militar, organizaciones humanitarias y sólidas alianzas entre los sectores público y privado”, explicó a Diálogo Mario Duarte, presidente y director ejecutivo de Project DYNAMO, organización sin fines de lucro liderada por veteranos y especializada en respuesta a desastres, que también opera en Venezuela tras el terremoto.
Según el experto, una de las mayores fortalezas de la respuesta estadounidense es que, además de ser gubernamental, “es un compromiso de toda la sociedad al servicio de la comunidad”. Junto a las agencias federales, organizaciones humanitarias, grupos religiosos, la diáspora venezolana y empresas privadas, han contribuido a movilizar rápidamente recursos, ayuda y suministros de emergencia, ampliando el alcance de la asistencia humanitaria.
Una arquitectura integrada
La respuesta estadounidense se puso en marcha pocas horas después del terremoto con la activación de un grupo de trabajo dedicado a la crisis en Venezuela y el despliegue de los Equipos de Respuesta ante Desastres (DART), responsables de evaluar las necesidades sobre el terreno, coordinar la asistencia internacional y articular los recursos civiles y militares movilizados por los Estados Unidos.
Los DART constituyen el principal mecanismo de coordinación de la misión sobre terreno. “Son fundamentales porque aportan organización en un contexto inherentemente caótico. Evalúan rápidamente las condiciones sobre el terreno, coordinan las actividades con las autoridades del país anfitrión, sincronizan los recursos del Gobierno estadounidense e integran toda la respuesta humanitaria”, explica Duarte. “Una coordinación eficaz es tan importante como la propia ayuda”.

Como parte de esa estructura, SOUTHCOM estableció un Centro de Coordinación de Asistencia Humanitaria (HACC) en el Aeropuerto Internacional Simón Bolívar, encargado de coordinar el apoyo militar estadounidense junto con el Departamento de Estado, las autoridades venezolanas, países aliados y otros organismos que participan en la respuesta internacional.
Junto a los DART, operan los Equipos Urbanos de Búsqueda y Rescate (USAR). Procedentes de Fairfax, Miami y Los Ángeles, estos equipos reúnen a bomberos, médicos, ingenieros estructurales y unidades caninas especializadas. Tras participar en las operaciones iniciales de búsqueda y rescate, continúan apoyando las evaluaciones estructurales, la atención médica de emergencia, la identificación de zonas de riesgo y otras tareas esenciales para la respuesta humanitaria y la recuperación.
“Inspeccionamos los edificios y evaluamos la presencia de sobrevivientes utilizando las herramientas a nuestra disposición. Si identificamos personas con vida, hacemos llegar a los equipos encargados de las operaciones más complejas para alcanzarlas y extraerlas de los escombros», explicó a Fox News el Capitán Mike Carolan, del Departamento de Bomberos del Condado de Los Ángeles.
La eficacia de estos equipos depende de una compleja arquitectura logística proporcionada por SOUTHCOM, que conecta la planificación civil encabezada por el Departamento de Estado con las capacidades aéreas, terrestres y marítimas desplegadas sobre el terreno. Aviones C-17 Globemaster III y C-130H Hercules han transportado personal y equipos; aeronaves MV-22 Osprey, helicópteros CH-47 Chinook, UH-1Y Venom y UH/MH-60 Black Hawk han apoyado evacuaciones médicas, transporte de rescatistas y el traslado de suministros; mientras que la Fuerza Espacial de los EE. UU. ha proporcionado imágenes satelitales para evaluar daños e identificar las zonas más afectadas.
Para sostener ese puente logístico, SOUTHCOM también desplegó una logística del Cuerpo de Infantería de Marina de los EE. UU. equipada con camiones de transporte, vehículos todoterreno y ambulancias militares, además de establecer un Punto Avanzado de Armamento y Reabastecimiento de Combustible (FARP) en el Aeropuerto Internacional Simón Bolívar, permitiendo acelerar las operaciones de helicópteros dedicados a evacuaciones médicas, transporte de personal y misiones de carga pesada.
Un ejemplo significativo de esta coordinación fue el rescate de una madre y su bebé de nueve meses, extraídos con vida de entre los escombros cuatro días después del terremoto, gracias a una operación conjunta entre rescatistas estadounidenses y venezolanos. El éxito de la misión fue posible gracias a la integración de información proporcionada por la comunidad local, unidades caninas, tecnologías de búsqueda y la coordinación entre diversas agencias, demostrando que el verdadero valor de los equipos DART radica en su capacidad para combinar información, recursos y experiencia en una respuesta unificada y eficaz.
La restauración de las infraestructuras críticas
Además de salvar vidas, una de las prioridades durante los primeros días después el terremoto fue restablecer las infraestructuras estratégicas necesarias para sostener toda la operación humanitaria. Este fue el caso del Aeropuerto Internacional Simón Bolívar de Caracas, cuya operatividad fue restablecida con apoyo estadounidense para facilitar la llegada de ayuda internacional. En coordinación con las autoridades venezolanas, la Fuerza Aérea de los EE. UU. desplegó un Elemento de Respuesta para Contingencias (CRE) especializado en gestión expedicionaria de aeródromos para apoyar las operaciones de la torre de control, coordinar el tráfico aéreo y garantizar la recepción y descarga ordenada de vuelos humanitarios.
“Venezuela enfrenta desafíos que van más allá del propio terremoto. La infraestructura dañada, las limitadas comunicaciones, las restricciones logísticas y la complejidad del entorno operativo hicieron que las operaciones de socorro fueran particularmente difíciles”, afirma Duarte.
El mismo enfoque se aplicó al puerto de La Guaira, una infraestructura clave para el ingreso de ayuda al país. Técnicos y militares estadounidenses trabajaron junto con las autoridades venezolanas para evaluar sus condiciones operativas y acelerar su reapertura. Paralelamente, el buque USS Fort Lauderdale se convirtió en un nodo adicional de comunicaciones, distribución y apoyo médico para la operación humanitaria, mientras el USS Billings reforzó las operaciones mediante capacidades aéreas adicionales para transportar ayuda y suministros hacia comunidades de difícil acceso.
Estas operaciones pusieron de relieve algunas de las principales capacidades estadounidenses en la respuesta a desastres: evaluación rápida de infraestructuras, coordinación entre autoridades civiles y militares, gestión simultánea de corredores logísticos aéreos y marítimos, y empleo de tecnologías avanzadas para la planificación operativa.
De la emergencia a la recuperación
Con la transición gradual de la fase de rescate a la asistencia humanitaria, la atención se ha centrado en las necesidades de mediano y largo plazo de una población que ya era vulnerable antes del terremoto.
Según Leonardo Coutinho, director ejecutivo del centro de estudios con sede en Washington Centro para una Sociedad Libre y Segura (SFS), el apoyo internacional es fundamental para la recuperación del país. “Si Venezuela hubiera permanecido aislada y cerrada como en el pasado, es muy probable que esta tragedia hubiera adquirido proporciones aún más dramáticas”, dijo a Diálogo.
Washington ha movilizado más de USD 300 millones para financiar atención médica, distribución de alimentos, agua potable, servicios de saneamiento, refugios temporales, protección de desplazados y apoyo logístico. Los recursos son administrados a través de una red de organizaciones internacionales y no gubernamentales, entre ellas la Organización Mundial de Alimentos (WFP), International Medical Corps, Project Hope y la Cruz Roja. Una parte significativa de los fondos se canaliza además a través del fondo humanitario administrado por la Oficina de las Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA).
Según el Departamento de Estado, las operaciones militares estadounidenses desplegadas en Venezuela son completamente autosuficientes y no dependen de recursos locales, permitiendo que la infraestructura disponible se concentre en atender a la población afectada.
“Varios países aliados de la región también están contribuyendo. Llama la atención, por ejemplo, la magnitud de la ayuda enviada por El Salvador, así como la procedente de México”, concluye Coutinho.
La reconstrucción requerirá años, pero la reapertura de infraestructuras estratégicas, el flujo constante de ayuda y la cooperación entre las autoridades venezolanas y los socios internacionales ya están creando las condiciones para la recuperación y el fortalecimiento de la resiliencia de las comunidades afectadas.



