Criptomonedas y crimen organizado: la nueva dimensión de la lucha financiera en Latinoamérica

Creadas para permitir transacciones digitales rápidas y sin intermediarios tradicionales, las criptomonedas se han convertido en una herramienta cada vez más utilizada por las organizaciones criminales para transferir capitales a escala global mediante complejas arquitecturas financieras digitales, lo que dificulta cada vez más a las autoridades reconstruir el recorrido del dinero ilícito.

La innovación también alcanza a la minería, el proceso mediante el cual equipos informáticos especializados validan las transacciones de determinadas cadenas de bloques (blockchains), es decir, los registros digitales descentralizados que almacenan y certifican todas las operaciones realizadas con criptomonedas. Como recompensa, los operadores de estos equipos reciben nuevas criptomonedas. Un ejemplo de esta tendencia ocurrió en mayo, cuando la Policía Civil brasileña descubrió en el Complexo do Lins, en Río de Janeiro, un centro de minería del Comando Vermelho compuesto por 30 computadoras de alto rendimiento alimentadas mediante una conexión ilegal a la red eléctrica y administradas íntegramente de forma remota.

“La ventaja es que las criptomonedas obtenidas mediante la minería tienen un origen técnico que puede vincularse a una actividad legal. Esto genera dificultades adicionales para reconstruir los flujos patrimoniales”, explica a Diálogo Álvaro Marques, exagente de la Policía Federal de Brasil y consultor de inteligencia investigativa del Ministerio Público del Estado de Río de Janeiro.

Según los expertos, este fenómeno refleja un cambio más profundo: las organizaciones criminales no solo utilizan las criptomonedas para lavar las ganancias de actividades ilícitas, sino que también invierten en tecnologías capaces de generar recursos con una apariencia de legitimidad y fortalecer su autonomía financiera. Paralelamente, están surgiendo redes especializadas que ofrecen el lavado de dinero como un servicio, poniendo a disposición infraestructuras digitales compartidas basadas en criptomonedas y plataformas de intercambio. El lavado de dinero se convierte así en un mercado delictivo altamente especializado, capaz de servir simultáneamente a diferentes organizaciones criminales y reforzar su capacidad operativa.

Ecosistemas financieros

Las criptomonedas no han sustituido los circuitos tradicionales de lavado de dinero, sino que los han hecho mucho más eficientes. Hoy, las ganancias ilícitas circulan a través de sofisticados ecosistemas financieros que incluyen bancos digitales (fintech), intermediarios especializados en la compraventa de criptomonedas (brokers OTC) y exchanges, moviéndose rápidamente de un país a otro antes de reingresar en la economía legal. Cada etapa añade un nuevo nivel de complejidad, dificultando cada vez más a los investigadores reconstruir el recorrido del dinero e identificar a sus verdaderos beneficiarios.

“Las organizaciones criminales aprovechan jurisdicciones con distintos niveles de supervisión, moviendo fondos a través de plataformas ubicadas en países donde los mecanismos de control aún son poco desarrollados”, explica Marques.

La posibilidad de mover capitales sin recurrir al dinero en efectivo y con un menor riesgo de ser interceptadas constituye una de las principales ventajas operativas para las organizaciones criminales. “Las organizaciones criminales buscan, por lo general, aumentar su eficiencia, y el hecho de que las criptomonedas permitan transferir fondos a través de las fronteras en pocos segundos representa un atractivo enorme”, explica a Diálogo Caio Motta, Arquitecto Senior de Soluciones para Latinoamérica, de Chainalysis, empresa especializada en análisis e inteligencia sobre blockchain y criptomonedas.

Las investigaciones demuestran que este modelo ya está ampliamente extendido en la región. En Brasil, en mayo la Operación Fluxo Oculto reveló que seis fintech investigadas registraron movimientos por alrededor de USD 5100 millones entre 2022 y 2025, actuando como “bancos paralelos” utilizados por el Primeiro Comando da Capital (PCC) y otras organizaciones criminales. En Colombia, la Operación Gulupa desmanteló una red vinculada al Clan del Golfo que habría lavado alrededor de USD 46 millones mediante exchanges y empresas fachada. En Chile, el brazo financiero del Tren de Aragua está acusado de haber lavado más de USD 13,5 millones utilizando Bitcoin, testaferros y transferencias internacionales.

El papel de los actores extranjeros

La internacionalización de las criptomonedas está redefiniendo la geografía del crimen organizado en Latinoamérica. Las organizaciones ya no dependen exclusivamente de redes locales de lavado de dinero, sino que pueden contar con facilitadores financieros extranjeros e infraestructuras globales que ofrecen el lavado de dinero como un servicio altamente especializado, permitiendo transferir y reinvertir capitales ilícitos a través de varios continentes.

“En Brasil hemos identificado que las operaciones de lavado de dinero vinculadas a los cárteles del narcotráfico, a redes chinas de lavado y a flujos ilícitos relacionados con Rusia representaron, en conjunto, más del 50 por ciento de los ingresos ilícitos detectados en algunas plataformas brasileñas de intercambio de criptomonedas en 2025”, afirma Motta.

Entre los actores más relevantes figuran las redes chinas. “Son organizaciones altamente estructuradas que ofrecen servicios de lavado de dinero principalmente a organizaciones dedicadas al narcotráfico, redes de fraude y, cada vez con mayor frecuencia, también a actores estatales”, explica Motta.

Un ejemplo surgió en abril, cuando la Policía Federal de Brasil identificó a la Fintech Golden Cat Processamento de Pagamento Ltda., administrada por ciudadanos chinos, como uno de los principales centros financieros de un presunto esquema de lavado de dinero. Según las investigaciones, la estructura en su conjunto habría registrado movimientos por más de USD 50 800 millones, correspondiente principalmente a fondos provenientes de apuestas ilegales en línea, que posteriormente eran redistribuidos a través de empresas fachada y testaferros antes de ser transferidos al extranjero.

Esta evolución también alcanza al ámbito del terrorismo. En julio, la Operación Hawala desmanteló en Brasil una red acusada de haber lavado más de USD 19,5 millones para el Comando Vermelho (CV), el PCC y el Terceiro Comando Puro (TCP). Las investigaciones también identificaron una transacción entre el supuesto líder de la red, el libanés Reda Zayoun, y el egipcio Haytham Ahmad Shukri Ahmad Al-Maghrabi, designado por Estados Unidos por prestar apoyo a al-Qaeda. Ya en 2025, otro ciudadano egipcio, Mohamed Ahmed Elsayed Ahmed Ibrahim, sospechoso para el FBI de haber actuado anteriormente “como facilitador de operaciones financieras en nombre de al-Qaeda”, había aparecido en una investigación sobre un sistema de lavado de criptomonedas vinculado al CV.

Hezbolá también aparece en este escenario. El clan Akil Rada, sancionado por Estados Unidos por proporcionar apoyo financiero al grupo chií, mantiene actividades empresariales que incluyen el sector de las criptomonedas, además de una red de compañías con ramificaciones en Venezuela, Colombia, Panamá, Hong Kong y China.

Para los analistas, esta convergencia representa un salto cualitativo de la amenaza. Al compartir las mismas infraestructuras financieras globales, estas redes se vuelven más resilientes, más difíciles de desmantelar y exigen una cooperación internacional cada vez más estrecha. Según Álvaro Marques, “la eficacia de la acción penal depende cada vez más de un intercambio rápido de información y de una coordinación internacional eficiente”.

Para Motta, sin embargo, el verdadero objetivo debe ser golpear la infraestructura financiera que sostiene al crimen organizado. “Eso significa fortalecer los procesos de autorización y supervisión, monitorear las transacciones en tiempo real, intensificar los controles sobre los brokers OTC y las empresas fachada, reforzar la cooperación internacional y acelerar el congelamiento y la incautación de activos digitales”, concluye.

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