A medida que Venezuela pasa de la fase de búsqueda y rescate al largo proceso de recuperación tras el devastador terremoto de junio, uno de los principales desafíos ya no es brindar ayuda humanitaria, sino coordinar de manera eficaz las labores de reconstrucción. La magnitud de la tragedia refleja el alcance del reto. El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) estimó los daños físicos directos en aproximadamente USD 6700 millones, equivalentes a cerca del 6 por ciento del PIB venezolano. El organismo señaló que esa cifra no incluye los daños a la infraestructura, las pérdidas económicas indirectas ni los costos de reconstrucción, y que el impacto total de un desastre de esta magnitud suele estimarse entre 1,5 y 3 veces los daños directos, por lo que el costo total podría superar los USD 20 000 millones.
Ante una crisis de esta magnitud, la contribución internacional ha sido indispensable. “Las capacidades y el apoyo internacionales son fundamentales en las operaciones de respuesta a desastres cuando los equipos o la experiencia local son inexistentes o insuficientes”, dijo a Diálogo Ilan Kelman, profesor de Desastres y Salud del University College de Londres. Una evaluación compartida por los socorristas venezolanos que trabajan sobre el terreno. “No tenemos ni la técnica ni la tecnología. Gracias a Dios llegaron rescatistas extranjeros”, afirmó en redes sociales el Teniente Coronel del Cuerpo de Bomberos de Caracas Leonardo Acevedo.
En este esfuerzo internacional, Estados Unidos desempeña un papel central apoyando los mecanismos de coordinación de las Naciones Unidas, desplegando equipos especializados de búsqueda y rescate, proporcionando capacidades logísticas y de comunicaciones, y colaborando con socios regionales y organizaciones humanitarias.
Los mecanismos de coordinación internacional

En un escenario marcado por miles de edificios colapsados, infraestructura dañada y comunicaciones interrumpidas, la capacidad de organizar rápidamente la llegada y el empleo de recursos internacionales puede marcar la diferencia entre una respuesta eficaz y el caos operativo.
Según Juan Pablo Sarmiento, profesor investigador honorífico del Centro Kimberly Green para Estudios Latinoamericanos y del Caribe de la Universidad Internacional de Florida y experto en gestión de desastres, “gran parte de las operaciones internacionales de respuesta se basa en mecanismos consolidados creados para permitir que los gobiernos y las organizaciones humanitarias trabajen de manera coordinada durante las emergencias”.
Entre ellos destacan el Equipo de las Naciones Unidas para la Evaluación y Coordinación en Casos de Desastre (UNDAC), encargado de evaluar rápidamente el impacto de las catástrofes, y el Grupo Asesor Internacional de Operaciones de Búsqueda y Rescate (INSARAG), la red que coordina equipos de rescate urbano de todo el mundo. Ambos operan bajo la coordinación de la Oficina de las Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA), organización que también recibe apoyo financiero de Estados Unidos.
La contribución estadounidense va más allá del apoyo económico. Durante años, Washington ha participado en el desarrollo de estándares internacionales de certificación, procedimientos operativos y sistemas de coordinación que hoy permiten que equipos de decenas de países trabajen bajo criterios comunes. Este marco facilita el intercambio de información, evita la duplicación de esfuerzos y acelera la toma de decisiones durante las emergencias.
La cooperación sobre el terreno
Si la coordinación internacional constituye la columna vertebral de la respuesta, las capacidades desplegadas sobre el terreno son su motor. En Venezuela, Estados Unidos contribuye a través del Oficina de Respuesta a Desastres y Asistencia Humanitaria (DHR) del Departamento de Estado y de su Equipo de Respuesta para la Asistencia en Desastres (DART), respaldados por el apoyo logístico del Departamento de Guerra. Mediante el Comando Sur de los EE. UU. (SOUTHCOM), Washington proporciona transporte aéreo, apoyo a las comunicaciones, coordinación logística y distribución de ayuda humanitaria.
Entre los recursos desplegados figuran cuatro de los principales equipos estadounidenses de Búsqueda y Rescate Urbano (USAR): Fairfax, Los Ángeles, Miami-Dade y la ciudad de Miami, unidades altamente especializadas en la búsqueda y rescate de personas atrapadas bajo los escombros.
Para Sarmiento, el regreso del Cuerpo de Bomberos y Rescate del condado de Miami-Dade tiene un significado especial. “Es un grupo pionero en el mundo en el desarrollo de capacidades de búsqueda y rescate”. Durante décadas ha contribuido a la capacitación de equipos de emergencia y a la difusión de procedimientos utilizados hoy en operaciones internacionales.
Esta estructura de coordinación se tradujo rápidamente en decisiones operativas. Según Sarmiento, en un contexto donde los daños están distribuidos en más de siete estados y cientos de edificios han colapsado, el principal desafío fue establecer prioridades y emplear de la mejor manera posible los recursos disponibles.
La información recopilada por residentes, servicios de emergencia y autoridades locales ha permitido identificar con rapidez las zonas más afectadas y concentrar los esfuerzos donde las probabilidades de encontrar sobrevivientes eran mayores. “Cuando las capacidades locales no son suficientes, el apoyo externo debe coordinarse estrechamente con los actores presentes sobre el terreno”, afirmó Kelman.
La respuesta también puso de manifiesto el valor de la cooperación entre Estados Unidos y sus aliados. Equipos de búsqueda y rescate, organizaciones humanitarias y capacidades civiles y militares de distintos países operan dentro de un marco común, compartiendo información, evaluaciones de daños y recursos logísticos. Esta interoperabilidad permitió acelerar la llegada de ayuda y aprovechar las capacidades especializadas de cada participante. Un ejemplo ocurrió en Caraballeda, estado La Guaira, donde rescatistas franceses y del equipo estadounidense Fairfax County USAR, con apoyo de la población local, lograron salvar a un padre y a su hijo que permanecieron atrapados bajo los escombros durante cuatro días.
Capacidades estratégicas
Además de las operaciones de búsqueda y rescate, una de las contribuciones más importantes de Estados Unidos ha sido el despliegue de capacidades logísticas, tecnológicas y de comunicación capaces de sostener toda la arquitectura de la respuesta humanitaria internacional.
Bajo el liderazgo del Departamento de Estado, SOUTHCOM proporciona infraestructura operativa esencial para garantizar la continuidad de las operaciones en un contexto donde gran parte de las redes de transporte y comunicación han quedado comprometidas. Entre los recursos desplegados destacan la Compañía de Logística de Combate del Cuerpo de Infantería de Marina de los EE. UU., equipada con sistemas de purificación de agua; el Centro de Coordinación de Asistencia Humanitaria (HACC), que centralizó la coordinación entre actores civiles y militares; el buque anfibio USS Fort Lauderdale, utilizado como centro logístico y sanitario; y el Punto Avanzado de Armamento y Reabastecimiento de Combustible (FARP), que permitió aumentar el ritmo de las operaciones aéreas hacia las zonas más aisladas.
Las comunicaciones constituyen otro elemento decisivo. Tras el terremoto, el colapso de las redes telefónicas y los extensos cortes de energía siguen dificultando la coordinación de las labores de socorro. “Durante las primeras 48 horas, las comunicaciones eran inexistentes. Todo dependía de los satélites”, explicó Sarmiento a Diálogo.
Ante esta situación, las comunicaciones satelitales y las capacidades de inteligencia geoespacial se han convertido en herramientas estratégicas indispensables. Permiten mantener el flujo de información entre las autoridades venezolanas, los organismos internacionales y los equipos desplegados sobre el terreno, además de identificar las áreas más afectadas y orientar los recursos hacia las comunidades con mayores necesidades. La NASA contribuyó mediante el análisis de imágenes satelitales para apoyar la evaluación de daños y la definición de prioridades operativas. Estados Unidos también desplegó drones MQ-9 Reaper que, junto con una célula de fusión de información en Miami, refuerzan el panorama informativo de las autoridades venezolanas, ayudando a identificar edificios dañados, verificar el estado de las carreteras y orientar la distribución de la ayuda humanitaria.
En este esfuerzo, la USS Fort Lauderdale desempeña un papel clave. Además de transportar ayuda humanitaria y proporcionar capacidades médicas adicionales, el buque funciona como un centro flotante de comunicaciones y coordinación. Desde allí se facilitaron enlaces seguros para el intercambio de información entre las autoridades venezolanas, los equipos internacionales de rescate y las organizaciones humanitarias, acelerando la distribución de asistencia hacia las zonas más afectadas.
En una crisis que se suma a vulnerabilidades preexistentes, el valor de estas capacidades va más allá de la emergencia inmediata. A medida que Venezuela transita de la fase de emergencia a la recuperación, la coordinación sostenida entre las autoridades nacionales, las organizaciones internacionales y los países socios seguirá siendo esencial para restablecer los servicios críticos, apoyar a las comunidades afectadas y fortalecer la resiliencia frente a futuros desastres.



