Creados en 2004 para promover la enseñanza del idioma chino y los intercambios culturales, los Institutos Confucio se han convertido en una de las herramientas más visibles del poder blando chino. En 2009, Li Changchun, entonces miembro del Politburó del Partido Comunista Chino (PCCh), los definió como “una parte importante del aparato de propaganda china en el extranjero”.
En poco más de dos décadas, los Institutos Confucio se han expandido a cientos de universidades y escuelas en más de 160 países. En Latinoamérica, donde el primer Instituto Confucio fue inaugurado en México en 2006, hoy operan más de 40. Sin embargo, en los últimos años, las crecientes preocupaciones relacionadas con la influencia china, la limitada transparencia de estos institutos y los riesgos para la seguridad nacional han llevado a numerosos países con altos estándares académicos y sólidas tradiciones democráticas, en América del Norte, Europa y Australia, a cerrar progresivamente estos centros.
“La universidad es una institución de tradición liberal, basada en el pensamiento crítico y la libertad de cátedra. Cuando un organismo alojado en el campus intenta condicionar estos principios, surge un conflicto estructural”, explica a Diálogo Parsifal D’Sola Alvarado, director de la Fundación Andrés Bello, con sede en Colombia.
El cierre progresivo de los Institutos Confucio en muchos países también está llevando Latinoamérica a cuestionar el papel que desempeñan estos centros. Las dudas no surgen únicamente de lo ocurrido en otros países, sino también de la forma en que los Institutos Confucio se expandieron en la región, estrechamente vinculados a la creciente proyección estratégica de China y al avance de la Iniciativa del Cinturón y la Ruta. En países como Panamá, El Salvador y República Dominicana, la expansión de estos mecanismos de diplomacia cultural se produjo en el mismo período en que esos gobiernos cambiaron el reconocimiento diplomático de Taiwán a Pekín, reforzando el papel de estas iniciativas en la construcción de consenso favorable a China y en la influencia sobre el debate público.
La maquinaria de influencia china
La superposición entre diplomacia cultural e intereses estratégicos de Pekín ha contribuido a intensificar el debate sobre los riesgos que estos institutos pueden representar para la autonomía universitaria y la seguridad de los países que los reciben. A diferencia de las principales instituciones culturales occidentales, los Institutos Confucio son supervisados por organismos directamente vinculados al Estado chino, que selecciona a los profesores y define los programas.
Numerosos expertos también han señalado los vínculos entre el sistema Confucio y el Frente Unido, el organismo del Partido Comunista Chino (PCCh) encargado de construir consensos, recopilar información, monitorear a las comunidades chinas en el exterior e identificar interlocutores influyentes para cultivarlos a largo plazo. “El objetivo es promover la agenda del Frente Unido para poner lo extranjero al servicio de China”, escribió la sinóloga de la Universidad de Canterbury Anne-Marie Brady.
Según los expertos, los Institutos Confucio contribuyen a la denominada “captura de élites”. A través de financiamiento, becas, programas de intercambio y oportunidades de cooperación, favorecen la construcción de redes de influencia duraderas destinadas a desalentar posiciones críticas hacia Pekín.
En Latinoamérica, su expansión ha encontrado terreno fértil en los limitados recursos financieros de muchas universidades públicas. Sin embargo, según D’Sola, el apoyo económico ofrecido por Pekín puede convertirse en un factor de dependencia que favorece el control de los programas académicos y la censura de temas considerados incómodos por el Gobierno chino. “Existe evidencia sólida de que los Institutos Confucio han intervenido en la libertad de cátedra en universidades de varios países, especialmente en temas sensibles para el Partido Comunista Chino, como Taiwán, Tiananmén y derechos humanos, entre otros”, afirma D’Sola.
El experto también advierte sobre la estrecha relación de estos institutos con las embajadas chinas. Los Institutos Confucio no operan de manera aislada, sino que forman parte de una estrategia más amplia de influencia china que combina diplomacia, medios de comunicación, cooperación académica, centros de pensamiento, programas de intercambio y relaciones económicas.
Un ejemplo significativo ocurrió en mayo pasado, cuando la embajada china en Argentina, según informó Infobae, presionó a la Universidad de Belgrano para impedir la presentación de un libro crítico del Gobierno de Pekín. “La lógica de presionar para cancelar un panel es un paso más en esa dirección del control narrativo, además de ser una evidente interferencia en otro país para coartar la libertad de expresión”, comentó el autor del libro, Roberto Iglesias.
La retirada de los Institutos Confucio
A la luz de estas preocupaciones, numerosos países que albergan algunas de las universidades más prestigiosas del mundo han concluido que los beneficios ofrecidos por los Institutos Confucio no compensan los riesgos para la autonomía de las instituciones anfitrionas. Once países —Estados Unidos, Canadá, Australia, Francia, Alemania, Suecia, Países Bajos, Bélgica, Dinamarca, España y Suiza— han cerrado parte o la totalidad de sus institutos.
Estados Unidos representa el caso más significativo: entre 2010 y 2022, casi todos los 118 institutos presentes en el país dejaron de operar. Suecia se convirtió en el primer Estado europeo en eliminar por completo tanto los Institutos Confucio como las Confucius Classrooms en las escuelas primarias y secundarias. Australia también registró una importante ola de cierres; en 2025, seis universidades cerraron o dejaron expirar los acuerdos, en un contexto de mayor escrutinio sobre la interferencia extranjera y la protección de la libertad académica.
Un aspecto particularmente relevante es que la mayoría de las universidades involucradas no abandonó la enseñanza del idioma y la cultura chinos. Por el contrario, optaron por transferir estas actividades a estructuras bajo su control directo, sustituyendo programas financiados o supervisados por Pekín por cursos gestionados de manera autónoma por las propias instituciones, con el fin de garantizar mayores niveles de autonomía académica, transparencia y libertad de investigación.
Para Latinoamérica, esta evolución ofrece una lección importante. Si universidades con más recursos, controles más estrictos y una larga historia de independencia académica vieron problemas significativos en los Institutos Confucio, los países de la región también están llamados a analizar detenidamente las implicaciones estratégicas de su presencia. “El Gobierno chino ejerce un fuerte control narrativo sobre su historia y su realidad política, lo que genera fricciones en entornos donde prima el análisis crítico”, recuerda D’Sola.
En un contexto internacional cada vez más marcado por la competencia por la influencia, la tecnología, la información y la formación de élites, los Institutos Confucio pueden influir en el debate público y erosionar gradualmente la capacidad de los países latinoamericanos para tomar decisiones libres de condicionamientos externos. Una amenaza que, si se ignora, podría permitir a China aumentar su influencia en las instituciones y en la formación de futuras élites dirigentes, lo que puede tener graves consecuencias para la soberanía y la autonomía estratégica de la región.



