Desde la silenciosa erosión de las normas democráticas hasta los cambios en las alianzas diplomáticas y el auge de las redes criminales transnacionales, la creciente influencia de Pekín está remodelando el panorama político y estratégico de Latinoamérica. En la segunda parte de esta entrevista con Diálogo, Ryan C. Berg, director del Programa de las Américas del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS), analiza cómo el poder económico de China se traduce en influencia política, por qué algunas naciones están reconsiderando sus vínculos con Pekín y cómo las organizaciones criminales chinas se están convirtiendo en socios preferentes de los cárteles regionales.
Lo que surge es un retrato matizado de una región en una encrucijada, que aprende de las dependencias del pasado, que enfrenta nuevos retos de seguridad y que busca una estrategia más coherente hacia una China cada vez más asertiva.
Diálogo: Un aspecto menos discutido de la creciente influencia de China en Latinoamérica es su posible impacto en la democracia. En 2024, usted publicó un informe en el que sugería que el auge de China se correlaciona con la erosión de los valores democráticos en la región. ¿Qué mecanismos impulsan esta conexión? ¿Existen pruebas empíricas que respalden esta conclusión?
Ryan C. Berg, director del Programa de las Américas del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS): Analizamos una serie de indicadores e índices de democracia, incluidos los conocidos de Freedom House y la Economist Intelligence Unit, y encontramos una tendencia clara. En los últimos 20 años, a medida que China se convertía en el primer o segundo socio comercial de la mayor parte de la región, la calidad de la democracia disminuyó.
Los mecanismos varían. Uno de ellos es la trampa de la dependencia, en la que la financiación china se convierte en la principal fuente de capital, lo que crea una dependencia política y económica que hace que los sistemas locales sean vulnerables a la influencia de Pekín. Esta influencia se manifiesta a menudo como un poder incisivo, la capacidad de coaccionar o manipular sin coacción manifiesta. Por ejemplo, en Brasil, los grupos agrícolas de presión respaldaron la oferta de Huawei para el 5G por temor a perder el acceso a los mercados chinos. Estos grupos tenían poco que ver con las telecomunicaciones, pero entendieron que no alinearse con China podría dar lugar a restricciones de mercado o a controles fitosanitarios más estrictos sobre las exportaciones brasileñas.
En otros casos, descubrimos que el retroceso democrático comenzó de forma orgánica dentro de un país, pero China actuó como protectora del régimen, interviniendo para evitar el retroceso de las tendencias autoritarias. Hemos visto claramente esta dinámica en Venezuela, Nicaragua y Cuba, donde Pekín se ha convertido en un garante externo clave que ayuda a sostener estos regímenes.
Diálogo: Siete de los 12 países que aún reconocen a Taiwán se encuentran en Latinoamérica y el Caribe. Pekín ha tratado de cambiar estas lealtades mediante promesas de inversión y expansión del comercio. Sin embargo, países como Panamá, El Salvador, República Dominicana, Honduras y Nicaragua, que rompieron relaciones con Taiwán a favor de Pekín, se enfrentan ahora a una creciente desilusión, ya que muchas de las promesas de China no se han materializado. ¿Qué lecciones deben extraer las democracias regionales de estas experiencias para evitar repetir los mismos errores, especialmente en el Caribe, donde la presencia de China se ha vuelto cada vez más asertiva durante la última década?
Berg: Hay muchas promesas y mucha retórica, pero mucho menos cumplimiento. Y cuando hay cumplimiento, a menudo es de calidad inferior. En toda la región hemos visto múltiples ejemplos de infraestructuras construidas por China que simplemente no cumplen las expectativas. Hay sobrecostos, problemas medioambientales y falta de adecuados estudios de viabilidad. Las empresas chinas también tienden a depender de mano de obra importada en lugar de contratar localmente, lo que socava aún más en el desarrollo el impacto de los proyectos.
Para los cinco países caribeños que aún reconocen a Taiwán, Santa Lucía, San Cristóbal y Nieves, Haití, San Vicente y las Granadinas y Belice, seguir con Taipéi les proporciona un grado de atención específica que no recibirían de Pekín. Esto les da una influencia diplomática única y la oportunidad de colaborar estrechamente con un socio económicamente dinámico y tecnológicamente avanzado, cualidades que muchas de estas naciones caribeñas aspiran a emular. Además, la ayuda de Taiwán al desarrollo, aunque de escala modesta, tiende a ajustarse a las necesidades de los pequeños Estados insulares. Por el contrario, los proyectos que buscan muchos países latinoamericanos más grandes, tras cambiar su reconocimiento a Pekín, son simplemente demasiado costosos para que Taiwán los financie. Pero para las economías más pequeñas, el apoyo de Taipéi puede ser de gran ayuda.
Por lo tanto, en muchos sentidos, estas naciones caribeñas obtienen más beneficios si se mantienen fieles a Taiwán. Reciben más atención, cooperación más personalizada y mayor visibilidad. Si se alinean con China, se convierten en uno más de los más de 130 países que reconocen a Pekín, mucho menos significativos en su cálculo global.
Diálogo: En general, ¿cómo describiría la influencia de China en Latinoamérica en la actualidad?
Berg: Creo que China está en desventaja. A nivel interno se enfrenta a graves retos económicos, demográficos y políticos. No está en buena forma. La creciente centralización de Xi Jinping está sofocando la innovación y la flexibilidad. Eso no augura nada bueno para sus ambiciones globales y el mantenimiento de su influencia en el extranjero. A medida que estos problemas internos se agravan, China no dispondrá de las mismas herramientas o influencia de antes para proyectar su poder a nivel internacional. Cuando Pekín intente contraatacar, es posible que descubra que su influencia no es la misma que hace unos años, cuando la economía era más fuerte. mm
Al mismo tiempo, los países latinoamericanos han aprendido de la experiencia. Ahora son más cautelosos y se están diversificando mirando hacia Tokio, Bruselas, Seúl, Canberra y los Estados del Golfo. Estamos entrando en una era de alineación múltiple, en la que los países se relacionan con múltiples socios en lugar de depender de uno solo.
Diálogo: Durante mucho tiempo, los analistas sostuvieron que Latinoamérica carecía de una estrategia coherente hacia China, que la región no comprendía plenamente las implicaciones de profundizar los lazos con un régimen autoritario ni captaba las ambiciones geopolíticas más amplias de Pekín. ¿Estamos viendo ahora surgir un enfoque más coherente y estratégico?
Berg: Aún no está al nivel que me gustaría ver, pero es un progreso. Los fracasos de proyectos pasados han enseñado lecciones valiosas. Existe un escepticismo creciente sobre la dependencia excesiva de China, y esa cautela no existía hace años. El mundo actual es mucho más complejo y asertivo. Los países reconocen ahora la necesidad de estrategias claras y con visión de futuro. Prosperarán aquellos que definan su papel en este nuevo orden mundial, como socios estratégicos en lugar de receptores pasivos. Los que no lo hagan corren el riesgo de quedarse atrás.
Diálogo: A medida que la violencia y el crimen organizado aumentan en la región, también hemos visto el auge de las redes criminales chinas. ¿Ha facilitado su expansión la creciente influencia de China?
Berg: Al cien por ciento. Hay comunidades de la diáspora china en toda la región, algunas de ellas establecidas desde hace cientos de años como en Panamá, pero en los últimos años hemos visto un notable aumento de la actividad criminal china. Estos grupos participan en actividades ilícitas similares a las de las organizaciones latinoamericanas, como la trata de personas, el tráfico de vida silvestre, la minería ilegal de oro, la deforestación y las operaciones madereras.
Lo que los hace particularmente eficaces es su experiencia en el lavado de dinero a través de las redes de la diáspora. A menudo, el dinero ni siquiera se mueve a través de los bancos o cruza las fronteras, sino que se basa en sistemas de confianza dentro de las redes de parentesco. Debido a esto, las organizaciones criminales chinas se han convertido en socios preferidos de los grupos criminales mexicanos, colombianos y otros grupos criminales latinoamericanos. Sus métodos son más baratos, rápidos y seguros que las operaciones tradicionales de lavado de dinero.
Diálogo: Las investigaciones sugieren que la expansión de estas redes criminales también puede servir a los intereses estratégicos de Pekín. ¿En qué medida podrían los grupos criminales chinos estar operando como instrumentos informales del Estado chino?
Berg: Esa es la pregunta definitiva. ¿Cuánto control tiene China sobre estos grupos, cuánto contacto existe entre ellos y el partido-Estado, y en qué medida estos grupos responden ante Pekín? Estas son las cuestiones clave. Yo diría que queremos saber la respuesta, pero en cierto modo no queremos saberla, porque si la sabemos y existe un nexo directo, eso podría implicar efectivamente a China como un régimen criminal.


