En esta entrevista con Diálogo, Ryan C. Berg, director del Programa de las Américas del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales, analiza cómo la relación de China con Latinoamérica ha pasado de ser una asociación económica aparentemente benigna a convertirse en una compleja red de vínculos estratégicos, políticos y de seguridad.
Más de dos décadas después de la primera gran incursión de Pekín en la región, la influencia de China se extiende ahora más allá del comercio, llegando a los puertos, las infraestructuras espaciales, las telecomunicaciones e incluso la política interna. Berg arroja luz sobre cómo la estrategia de “ocultarse y esperar” del Partido Comunista Chino (PCCh), que le ha permitido expandir silenciosamente su presencia mientras mantiene la imagen de socio cooperativo.
Diálogo: En varias ocasiones, usted ha mencionado que China ha sabido seguir muy bien el consejo de Deng Xiaoping, posteriormente repetido por Xi Jinping, de “ocultar tu fuerza y esperar el momento oportuno”. Dos décadas después de la agresiva incursión inicial de China en Latinoamérica, marcada por importantes préstamos y su imagen de socio comercial fiable, ¿ha revelado el país su fuerza?
Ryan C. Berg, director del Programa de las Américas del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS): China ha sido excepcionalmente hábil en el uso de una retórica desarmante, como un lenguaje centrado en el multilateralismo, la cooperación y las asociaciones beneficiosas para todos. Pero, en realidad, lo que está haciendo es muy estratégico. No es beneficioso para todos, es beneficioso para unos y perjudicial para otros o, en el mejor de los casos, beneficioso para todos en el que China sale ganando dos veces.
Ha dominado el arte de proyectar una retórica suave y amistosa mientras persigue una estrategia agresiva y calculada. Hoy en día, sigue beneficiándose de que se le perciba como menos conflictiva, utilizando un lenguaje más suave que apela al deseo de la región de permanecer desalineada y evitar una hegemonía única, pero comportándose en gran medida como tal. Ha equilibrado estas dos caras de manera notable, aparentando ser benigna mientras actúa estratégicamente. Esa es la fuerza que han ocultado y que ahora está empezando a revelar.
Lo que siempre me sorprende es la rapidez con la que la relación económica abre la puerta a todo lo demás. Se empieza con un importante acuerdo comercial o una inversión en infraestructura y, en pocos años, se ven establecidos los Institutos Confucio, se producen intercambios políticos con el Departamento de Enlace Internacional del PCCh e incluso se establece una cooperación en materia de seguridad, incluido el despliegue de sistemas de vigilancia como Safe Cities. Así pues, la puerta se abre por razones económicas, pero se abre de par en par. Y China se mueve rápido. Se apresura a entrar por todas las vías posibles como la educación, la política y la seguridad. El enfoque inicial puede ser económico, pero el objetivo final siempre es estratégico.
Diálogo: Las investigaciones han revelado que, en países como los Emiratos Árabes Unidos y Guinea Ecuatorial, China ha financiado proyectos portuarios diseñados con especificaciones que podrían facilitar el acceso militar. En Latinoamérica y el Caribe China ha invertido en casi 40 puertos. ¿Qué revela esto sobre la estrategia general de China?
Berg: Parte de la estrategia de China de esconderse y esperar consiste precisamente en evitar establecer una red global de bases visibles que llamen la atención o despierten alarma. En su lugar, Pekín ha optado por un enfoque que suscita menos sospechas y provoca menos rechazo, centrándose en la construcción de infraestructura, en particular puertos, que parecen ser puramente comerciales. Estas instalaciones funcionan como puertos civiles entre el 90 y el 95 por ciento del tiempo, pero en caso de conflicto o crisis, pueden reutilizarse rápidamente para funciones tanto militares como logísticas, reabastecimiento o apoyo naval. Esa capacidad de doble uso no es una coincidencia, sino que se ha incorporado deliberadamente en su diseño. Forma parte del enfoque de ocultarse y esperar, que consiste en presentar estos proyectos como puramente comerciales, al tiempo que se mantiene en secreto su potencial estratégico.
Cuando los críticos destacan las posibles implicaciones militares, Pekín las descarta como paranoia geopolítica. La versión oficial es siempre que se trata de inversiones comerciales que promueven el desarrollo. Pero el potencial militar está ahí, a la espera de ser activado si es necesario. China está cambiando deliberadamente los flujos de una orientación tradicional norte-sur a un eje este-oeste que conecta Latinoamérica directamente con Asia.
Ese es precisamente el propósito del puerto de Chancay, en Perú. Está destinado a servir de centro de enlace entre los puertos del Pacífico en Chile, Ecuador y Colombia, así como las rutas terrestres desde Brasil y Argentina. Al canalizar las exportaciones a través de Chancay, los envíos a Shanghái pueden acortarse en unos 10 días, lo que reduce la dependencia del Canal de Panamá o de puertos estadounidenses como Long Beach. En resumen, China está reduciendo sus propias vulnerabilidades estratégicas al tiempo que profundiza su huella en todo el hemisferio.
Diálogo: El creciente papel de China en la infraestructura espacial ha suscitado nuevas preocupaciones. Sudamérica alberga ahora más activos espaciales chinos que cualquier otra región fuera de China. Aunque estas iniciativas se enmarcan en la cooperación científica, proyectos como la estación Espacio Lejano en la Patagonia argentina han sido objeto de escrutinio por su posible uso militar. ¿Se está volviendo Latinoamérica más cautelosa con respecto a este tipo de asociaciones en infraestructuras críticas?
Berg: Sí, creo que los países latinoamericanos están tomando mayor conciencia, en parte debido a los mensajes más contundentes que destacan los riesgos para la soberanía y la seguridad, asociados a este tipo de proyectos. Tomemos como ejemplo el caso de Chile. El proyecto del observatorio de Atacama estaba casi terminado cuando las autoridades chilenas lo detuvieron, alegando la falta de un acuerdo adecuado entre ambos países. Ese tipo de acción decisiva habría sido impensable hace años. Esto indica un nuevo nivel de escrutinio y conciencia sobre las implicaciones estratégicas de la participación china en sectores sensibles como el espacio y las comunicaciones. No se trata solo de asociaciones científicas, sino que pueden afectar a la seguridad regional y la soberanía nacional, y los gobiernos latinoamericanos están empezando a reconocerlo.
Diálogo: Varios países han prohibido o restringido el acceso de empresas chinas como Huawei y ZTE a sus redes 5G por motivos de seguridad y privacidad. Sin embargo, la presencia digital de China sigue creciendo en la región. ¿Qué riesgos plantea esto?
Berg: Los riesgos son significativos, no solo para la privacidad de los datos, sino para la propia democracia. La infraestructura digital china ha contribuido a afianzar los regímenes autoritarios en Venezuela y Cuba, y es probable que veamos patrones similares en Nicaragua. Estos sistemas pueden cerrar las redes sociales, las plataformas de mensajería y las herramientas de coordinación de protestas, silenciando la disidencia en momentos críticos. Eso supone una profunda amenaza para la gobernanza democrática. Los ciudadanos deben exigir sistemas de comunicación que los gobiernos no puedan manipular ni cerrar. Permitir que un socio autoritario construya su infraestructura digital le da los medios para controlar la información, lo que tiene consecuencias duraderas para la libertad y la democracia.
Diálogo: La influencia de China en Latinoamérica también se extiende profundamente al sector energético. Hoy en día, controla el 100 por ciento de la distribución de energía en Lima, la capital de Perú, y alrededor del 12 por ciento de la cadena de valor energética de Brasil. ¿Debería alarmarnos este creciente control sobre un sector tan crítico por parte de un régimen autoritario?
Berg: Es muy preocupante porque la energía es el sustento de la economía. Sin ella, no hay industrialización ni actividad económica. Por eso es tan sorprendente ver cómo empresas estatales como State Grid en Brasil, se introducen de forma tan agresiva en este espacio, y aún más sorprendente ver cómo los gobiernos permiten que adquieran activos tan críticos.
Aunque no creo que Pekín vaya a ”apagar las luces” literalmente, la posible interrupción, aunque sea hipotética, le da a China una ventaja. Esa sola posibilidad puede influir en las decisiones políticas. Los gobiernos podrían restringir ciertas medidas diplomáticas o de seguridad por temor a que Pekín tomara represalias a través de su control sobre infraestructuras clave. Así pues, aunque es posible que nunca se produzca una interferencia directa, la amenaza en sí misma sirve como elemento disuasorio, una forma sutil pero poderosa de influencia.
Segunda parte:
En la segunda mitad de nuestra conversación, Berg explora una de las dimensiones más trascendentales, aunque a menudo pasada por alto, de la creciente presencia de China en Latinoamérica. Argumenta que el auge de China ha coincidido con un período difícil para la democracia en la región, y profundiza en los mecanismos de influencia que van desde la dependencia económica hasta el poder duro y la protección del régimen. Berg ilustra estas dinámicas con ejemplos llamativos, como el modo en que la mayor economía de Latinoamérica apoyó la oferta de Huawei para el 5G, por temor a perder el acceso a los mercados chinos.


