El experto en relaciones internacionales, profesor de sociologia en Palm Beach State College y copresidente fundador del Palm Beach Center for Democracy, Luis Fleischman, revela en esta entrevista exclusiva con Diálogo la compleja y oscura arquitectura criminal que sostiene al régimen de Nicolás Maduro. Con una mirada profundamente detallada, Fleischman describe cómo Venezuela dejó de ser una potencia petrolera para transformarse en el eje de un entramado regional de narcotráfico.
A partir de su análisis crítico sobre la evolución del poder criminal de Venezuela, Fleischman expone la profunda simbiosis entre el Estado, las fuerzas armadas y poderosas redes delictivas, así como el rol decisivo del Arco Minero del Orinoco, el Cártel de los Soles y las alianzas con grupos armados como el Ejército de Liberación Nacional (ELN) y las disidencias de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Su valoración dibuja el retrato de un narcoestado plenamente consolidado, cuyas operaciones criminales no solo sostienen al régimen, sino que ya representan una amenaza directa para la estabilidad y la seguridad de toda la región.
Diálogo: Usted ha afirmado que el régimen de Nicolás Maduro depende hoy más de economías criminales, especialmente del narcotráfico, que del petróleo. ¿Cuáles son las pruebas más sólidas de que los ingresos ilícitos se han convertido en la principal fuente de financiamiento de las élites políticas y militares en Venezuela? Y, bajo esta lógica, ¿qué criterios e indicadores permiten definir a Venezuela como un narcoestado?
Luís Fleischman, experto en relaciones internacionales y copresidente fundador del Centro para la Democracia de Palm Beach: Las evidencias provienen de numerosos informes que documentan cómo el régimen de Nicolás Maduro se sostiene mediante el narcotráfico y su cooperación con organizaciones criminales. Analistas, organismos internacionales y testimonios, como el del exjefe de inteligencia [de Venezuela] Hugo “El Pollo” Carvajal, han descrito de manera consistente estas prácticas.
Para entender este fenómeno, hay que observar el colapso del modelo económico venezolano. El severo deterioro de PDVSA, sumado a las sanciones internacionales sobre la industria energética, dejó al régimen prácticamente sin ingresos legales. Ese vacío fue llenado por economías ilícitas, especialmente el narcotráfico, que no se ven afectadas por las sanciones y proporcionan flujos constantes de dinero. A la vez, esos recursos permiten construir redes de lealtad dentro de las fuerzas armadas y otras estructuras del poder.
Por estas razones, múltiples informes y agencias internacionales describen hoy a Venezuela como un narcoestado. Las sanciones petroleras no han debilitado al régimen porque este se ha refugiado en la economía criminal. Por lo tanto, hará falta una presión internacional de otro tipo para lograr un impacto real sobre su sostenimiento.
Diálogo: La minería ilegal del Arco Minero del Orinoco también se ha convertido en una fuente crucial para el régimen. ¿Qué revela la militarización de esta zona sobre la fusión entre Estado, grupos armados y actores criminales? ¿Y cuáles son las implicaciones para la seguridad regional y la salud pública?
Fleischman: La minería ilegal es fundamental para la supervivencia del régimen. No solo genera ingresos, sino que actúa como un mecanismo de cohesión política y económica que garantiza especialmente la lealtad de los militares. Este modelo no es exclusivo de Venezuela, existen paralelos en otros países, donde las fuerzas armadas cogobiernan de facto amplios sectores de la economía. En Venezuela opera bajo la misma lógica.
Este esquema explica por qué no se observa una disidencia significativa dentro de la Fuerza Armada Nacional [de Venezuela]. Además de los incentivos económicos, los militares están sometidos a una vigilancia constante, una práctica común en regímenes autoritarios. Líderes como Franco en España o Pinochet en Chile también monitoreaban estrechamente a sus propias fuerzas armadas para prevenir conspiraciones y mantener el control.
El panorama es aún más preocupante porque la actividad no solo es ilegal por su naturaleza extractiva, sino también por las condiciones brutales en las que opera. Hay reportes de explotación laboral y formas de esclavitud bajo capataces vinculados a exmiembros de las FARC y el ELN. A esto se suma la devastación ambiental que es profunda, y los efectos sobre la salud de las comunidades cercanas. Pero para el régimen, la prioridad es sostenerse en el poder, y la minería ilegal, pese a su impacto humano y ambiental, se ha convertido en una fuente de recursos clave para sostenerse en el poder.
Diálogo: Una de las estructuras más citadas en este ecosistema criminal es el Cártel de los Soles, descrito como la columna vertebral criminal del régimen. Reconociendo la fusión establecida entre el Estado y el crimen, ¿qué pruebas ilustran mejor la centralidad operativa diaria de esta red? Y ¿qué importancia tiene el Cártel de los Soles para la longevidad y el funcionamiento del régimen de Maduro?
Fleischman: En el llamado Cártel de los Soles participan altos mandos militares venezolanos. El nombre proviene de los soles que llevan en sus uniformes los oficiales de mayor rango. Numerosos informes han señalado la implicación de militares en esta red, especialmente se menciona a Diosdado Cabello, quien hoy es uno de los principales operadores de la represión del régimen.
Este cártel cumple un papel central en la supervivencia del régimen porque está profundamente involucrado en el narcotráfico. Al tratarse de miembros de las fuerzas armadas, estos actores resultan esenciales para proporcionar apoyo político y operativo al régimen. Bajo este esquema, se configura una relación de protección mutua, donde el régimen protege a los militares implicados y ellos, a su vez, sostienen y resguardan al régimen.
Ahora, con la reciente designación del Cártel de los Soles como organización terrorista extranjera, se abre la puerta a mecanismos de persecución más contundentes, incluso de carácter militar.
Diálogo: Las alianzas del régimen con estructuras como el ELN, las disidencias de las FARC o el Tren de Aragua se han extendido en la región. ¿Estamos ante un nuevo bloque criminal con Venezuela como articulador?
Fleischman: Lo que existe hoy es una red criminal internacional. Venezuela no es necesariamente el único centro de mando, pero sí un actor esencial que facilita operaciones, logística y expansión política.
Desde la era Chávez, el país apoyó movimientos y gobiernos ideológicamente afines. Hoy esa proyección se combina con un componente criminal mucho más evidente. Venezuela se ha convertido en el principal corredor de la cocaína producida en Colombia y Perú, ofreciendo puertos, aeropuertos y rutas terrestres que funcionan como una infraestructura logística al servicio de los cárteles. Al mismo tiempo, exporta su modelo político y fortalece a gobiernos o movimientos populistas y autoritarios que, por complicidad o por colapso institucional, terminan facilitando la expansión del narcotráfico.
La corrupción asociada a estas economías ilícitas destruye a los Estados desde adentro, y ese debilitamiento institucional abre espacio para influencias externas como Rusia, China o Hezbolá, cuya presencia en la región está ampliamente documentada.
En resumen, el narcotráfico actúa como un cáncer que corroe al Estado. Y aunque Venezuela no ejerza control directo sobre otros países democráticos, el narcotráfico sí lo hace. La permisividad, y en muchos casos la colaboración, del régimen venezolano amplifica ese alcance, afectando de forma grave la seguridad regional en toda Latinoamérica y el Caribe.
Diálogo: ¿De qué manera el régimen venezolano ha articulado la cooperación con grupos armados y redes criminales con la exportación de su proyecto político, convirtiéndose en un actor desestabilizador en la región?
Fleischman: Venezuela cumple hoy un papel que va más allá de sus fronteras, y no solo por intereses económicos. Desde la época de Hugo Chávez, el gobierno se definió como un Estado revolucionario con vocación de influencia regional. En ese marco, brindó apoyo político e ideológico a grupos como las FARC en su momento y el ELN, a los que veía como fuerzas subversivas útiles para presionar a otros países cuya dirigencia era rechazada por Caracas.
Un ejemplo que dejó esto en evidencia fueron los documentos incautados a las FARC en una operación colombiana en territorio ecuatoriano que revelaron cómo estos grupos colaboraron en esfuerzos de subversión en países como Bolivia y Paraguay, y se coordinaron con organizaciones locales para expandir influencia política e ideológica. Esto muestra que Venezuela ha funcionado como un epicentro no solo del comercio y tráfico de drogas, sino también de la difusión de una ideología y de un modelo político, inicialmente impulsado por Chávez y luego continuado por Maduro, orientado a influir en la región.
En este sentido, podría decirse que existe un doble engranaje. Por un lado, actores vinculados al narcotráfico que operan con libertad, y por otro, un régimen que busca proyectar una agenda política e ideológica en Latinoamérica.
PARTE II
En la segunda parte de esta entrevista, Fleischman examina cómo la arquitectura del régimen trasciende el hemisferio occidental y expone con mayor profundidad la alianza estratégica con Irán, la creciente penetración de actores extrarregionales como Hezbolá y los peligrosos alcances del lavado de identidad que hoy ponen en jaque la seguridad de todo el continente.


