Leonardo Coutinho, director del Centro para una Sociedad Libre y Segura (SFS) y experto en narcotráfico, corrupción y crimen transnacional, habló en exclusiva con Diálogo sobre la profunda transformación del crimen organizado en Latinoamérica. Coutinho advierte de manera contundente que estas estructuras ya no son únicamente negocios ilícitos, sino actores políticos con capacidad de influencia global.
El caso más evidente es Venezuela, donde las fronteras entre lo legal y lo criminal se han desvanecido, dando lugar a un Estado que opera como una estructura criminal con respaldo de actores extrarregionales como China, Rusia e Irán. A partir de esta radiografía, Coutinho muestra cómo la violencia, el dinero ilícito y la política se entrelazan, redefiniendo la seguridad regional y desafiando cualquier visión tradicional sobre la criminalidad en la región.
Diálogo: Usted ha documentado cómo las organizaciones criminales latinoamericanas han dejado de ser simples cárteles para convertirse en redes híbridas con componentes políticos, financieros y militares. ¿Cómo describiría la nueva morfología del crimen organizado transnacional en la región y qué estructuras criminales encarnan mejor este modelo?
Leonardo Coutinho, director ejecutivo del Centro para una Sociedad Libre y Segura: El crimen organizado sigue siendo una empresa profundamente mal comprendida por muchos gobiernos. Persisten miradas que lo reducen a dinámicas domésticas. En Brasil, por ejemplo, se observa al Primer Comando Capital (PCC) o al Comando Vermelho (CV) como fenómenos internos, y lo mismo ocurre con los cárteles mexicanos, las maras o los cárteles colombianos. Incluso cuando se reconoce que trafican drogas hacia el exterior, no se asume la verdadera dimensión transnacional ni el nivel de sofisticación que han alcanzado.
Hoy, estas organizaciones funcionan como joint ventures criminales altamente organizadas, empresarializadas e internacionalizadas. Ya no operan mediante estructuras simples de tráfico o lavado, sino que integran economías ilícitas, rutas, logística y sistemas financieros complejos. Además, han dado un salto evolutivo y adoptaron una morfología híbrida que trasciende la criminalidad convencional.
Un ejemplo crucial es la cooperación entre el PCC y Hezbolá hace menos de dos décadas. Aunque muchos se resisten a aceptar que un grupo surgido en cárceles brasileñas pudiera articularse con una organización terrorista transnacional, ocurrió. El PCC maneja las rutas desde Brasil hacia África, donde Hezbolá toma el control y traslada la droga hacia Medio Oriente. Allí, Hezbolá aporta logística, distribución y redes externas de lavado, lo que permite al PCC internacionalizarse. Por su parte, el PCC facilita el movimiento de dinero dentro de Brasil para financiar actividades de Hezbolá fuera del Líbano. El nivel de sofisticación es enorme.
Esto demuestra que organizaciones como el PCC o el Tren de Aragua de Venezuela, hoy con presencia documentada en 11 países de la región, son ejemplos claros de grupos que evolucionaron desde estructuras de primera generación hasta convertirse en organizaciones de cuarta generación. Ya no solo trafican drogas o extorsionan, sino que también controlan territorio, ejercen capacidades típicas de organizaciones terroristas como atentados, redes externas de lavado, planificación internacional, y operan con creciente integración política.
Por su parte, el Cártel de los Soles en Venezuela posee todas las características de una organización criminal estatal que forma parte estructural del Estado y del propio régimen. En este esquema converge con el Tren de Aragua, que opera como su brazo ejecutor. Ya no hablamos de criminalidad convencional ni meramente transnacional hablamos de “crimen instrumentalizado”, un weaponized crime donde un gobierno exporta criminalidad como estrategia de desestabilización, violencia y caos.
Todo esto, nos lleva a esta nueva morfología del crimen organizado que ya no es posible combatirlo como si se tratara de pandillas o problemas domésticos. Muchos gobiernos aún incluso se niegan a reconocer a estas organizaciones como terroristas, y ahí radica uno de los grandes problemas. La designación habilita herramientas indispensables para combatir organizaciones criminales transnacionales, como el bloqueo financiero externo, la cooperación internacional con Europa y Estados Unidos, y los mecanismos para interrumpir flujos de dinero ilícito.
Y es que lo esencial hoy es bloquear el financiamiento. El volumen de recursos que manejan estas estructuras es gigantesco y circula a través de mecanismos cada vez más sofisticados, como sistemas tipo hawala conectados con redes criminales plenamente transnacionales, incluidas las mafias chinas.
Las restricciones impuestas por Xi Jinping para sacar fondos de China han llevado a muchos inversionistas chinos a recurrir a un hawala chino, mediante el cual compran “dólares narcos” en el exterior y realizan los pagos dentro de China a favor de los narcotraficantes. De esta manera, los capitales permanecen en Hong Kong, en Macao o se utilizan para pagar exportaciones de bienes que permiten montar tiendas “legales” financiadas con dinero del narcotráfico. Este nivel de complejidad y amplitud financiera define la estructura actual del crimen transnacional. Esta es la realidad de hoy.
Diálogo: Usted también ha señalado la expansión de regímenes cleptocráticos en Latinoamérica, donde el Estado se convierte en una maquinaria de saqueo institucionalizado. ¿Qué países ilustran hoy esta tendencia y cuáles son los signos más evidentes de su consolidación?
Coutinho: El mejor ejemplo es Venezuela. Es el caso más claro de un país que se convirtió en una estructura institucional del crimen que forma parte del aparato estatal. Ya no hay frontera entre lo legal y lo ilegal. El Estado desapareció como instancia separada del delito.
Yo rechazo llamar a Venezuela un “narcoestado”. Un narcoestado es lo que Pablo Escobar intentó construir en Colombia o lo que las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) que intentaron capturar el Estado a través de la influencia. En Venezuela no es así. Venezuela es un Estado narcotraficante. Es decir, el Estado asume las funciones del crimen. Hoy el régimen de Maduro, sus ministros, toda la estructura estatal es el actor criminal.
A esto se suma Nicaragua, que se volvió un régimen receptor de droga procedente de Colombia y Venezuela, alimentando la inestabilidad en Centroamérica. Y también Cuba, que muchos olvidan, pero fue el primer país en institucionalizar el narcotráfico en los años 1980 con Fidel Castro quien vendía servicios a Pablo Escobar. En mis investigaciones he hablado con chavistas exiliados que afirman que fue Fidel quien enseñó a Chávez a usar la droga como arma. Y es así, por eso El Cártel de los Soles solo tiene un padre que Chávez y un padrino que fue Fidel Castro.
Diálogo: En el caso venezolano, ¿qué evidencias concretas sustentan la transformación del régimen venezolano de un autoritarismo convencional al funcionamiento como una estructura criminal, y de qué manera se materializa en las dinámicas de poder esa metamorfosis del Estado en un “Estado mafioso”?
Coutinho: Todo comienza en un contexto democrático. Chávez fue electo, posiblemente la única elección realmente libre en la historia reciente de Venezuela. Inicia con un gobierno normal, con medidas populares, y luego con decisiones cada vez más impopulares. El intento de golpe de 2002 es un punto de quiebre. Es ahí cuando Chávez entiende que debe acelerar la revolución bolivariana y, sobre todo, controlar o destruir la cultura militar.
Chávez empieza a otorgar equipamiento militar, privilegios y beneficios —Venezuela tiene hoy más generales que cualquier país de Latinoamérica, e incluso más que Estados Unidos— y, al mismo tiempo, modifica la doctrina castrense. Las nuevas generaciones de oficiales debían adoptar la educación bolivariana y estudiar guerras asimétricas inspiradas incluso en modelos islámicos.
Entre 2002 y 2006 ocurre un proceso poco documentado, y es la criminalización de sectores militares. Siguiendo los consejos de Fidel Castro, Chávez habría permitido que militares utilizaran camiones oficiales para apoyar a las FARC, lo que derivó en su involucramiento en la cadena de la cocaína. Una vez que una estructura militar entra en contacto con la droga, puede financiar cualquier tipo de operación, incluida la guerra asimétrica. Así surge lo que posteriormente se conocería como el Cártel de los Soles, integrado por altos mandos que terminan incorporándose a una estructura criminal que destruye la cultura militar venezolana.
En paralelo, Chávez desmantela el sector privado mediante expropiaciones y persigue a opositores, erosionando la democracia y las instituciones. No fue un proceso instantáneo, pero sí acelerado. Cuando Nicolás Maduro llega al poder, Venezuela ya se encuentra profundamente atravesada por dinámicas criminales, pero Maduro las amplifica. A diferencia de Maduro, Chávez tenía más pudor, Maduro no. Es ahí cuando Venezuela deja de ser un narco-Estado a convertirse en un Estado narco. Hoy Maduro no es más que la cara, no es un actor real es un símbolo, sostenido principalmente por redes criminales y por apoyos extrarregionales, como China y Rusia.
Hablar de Maduro hoy, es hablar apenas de la fachada. El verdadero poder radica en un entramado donde el crimen organizado ocupa hoy un espacio e influencia en Naciones Unidas.
Diálogo: El Tren de Aragua, hoy considerado una organización terrorista por varios gobiernos, se ha expandido a lo largo del continente. ¿Qué factores explican su rápida internacionalización? ¿Existe evidencia de complicidad, protección o permisividad del régimen venezolano en este proceso?
Coutinho: El Tren de Aragua nace en las cárceles de Venezuela en el momento en el que Nicolás Maduro crea un ministerio de las cárceles, una organización estatal para cuidar de la administración de las cárceles. El responsable de esa cartera, un funcionario proveniente del estado Aragua, permitió que uno de los penales bajo su órbita se convirtiera en un laboratorio de control social, un espacio donde se formaban y reclutaban grupos destinados inicialmente a tareas de represión interna. El Tren de Aragua nace, por lo tanto, dentro de las cárceles, pero aún sin intención de expandirse fuera del país.
Ese rumbo cambia con la migración masiva venezolana. A partir de 2014, Maduro ordena la liberación de presos y aprovecha el éxodo para expulsarlos silenciosamente, usándolo como una suerte de caballo de Troya. El drama humanitario, millones de personas huyendo, cubrió por completo lo que ocurría en paralelo. Las miradas del continente estaban puestas en la tragedia, no en quiénes se mezclaban dentro de ella. Y, en ese contexto, la estrategia funcionó. Los delincuentes liberados se dispersaron por distintos países y, poco a poco, fueron dando forma a las primeras células del Tren de Aragua fuera de Venezuela. No se trató de una “invasión” masiva de criminales, sino de una infiltración progresiva, disimulada en el flujo migratorio.
Con el tiempo, el reclutamiento se volvió aún más sencillo. Muchos migrantes venezolanos involucrados en delitos menores en sus países de destino no pertenecían al Tren de Aragua, pero el grupo los atraía ofreciéndoles protección. Así se consolidaron células cada vez más robustas. Y aquí aparece una diferencia crucial con otras organizaciones criminales. Mientras organizaciones como el PCC brasileño por ejemplo, han crecido sin respaldo estatal y sin operar mediante células, el Tren de Aragua sí cuenta con esas dos características. Por eso el planteamiento de que Venezuela no opera como un simple narcoestado, sino como un Estado criminal y el origen carcelario administrado desde el Estado, la liberación de presos y su expansión celular no son más que una evidencia de esta transformación.
El Tren de Aragua es hoy una organización criminal transnacional que, en su actividad cotidiana, estas células desarrollan delitos convencionales como trata de personas, tráfico de drogas, extorsiones, pero permanecen disponibles para operaciones específicas del régimen. El caso de Ronald Ojeda [el militar disidente venezolano que fue secuestrado y asesinado en Chile en 2024, en un crimen que las autoridades chilenas alegan que fue por razones políticas, ordenado por Diosdado Cabello y ejecutado por miembros del Tren de Aragua], aparece como un ejemplo de esa instrumentalización. Además, las líneas de tiempo de la expansión del grupo coinciden con episodios de protestas extremadamente violentas en países como Colombia, Perú y Chile. En el caso colombiano, existen registros de participación de individuos vinculados al crimen venezolano durante las protestas del inicio de la pandemia. No es que actúen como insurgencia ideológica, sino como criminales activados por un Estado criminal para ejecutar homicidios selectivos o amplificar el caos cuando el régimen lo necesita.
Así, el Tren de Aragua ya no es solo una banda nacida en una cárcel, sino una pieza funcional dentro de un engranaje mucho más grande, son una organización criminal que están al servicio de un estado criminal y cuando es necesario los utiliza.
Diálogo: Usted ha mencionado que la expansión del Tren de Aragua ha coincidido con picos de violencia en países como Colombia, Perú y Chile. Ecuador también ha experimentado un deterioro acelerado de la seguridad. ¿Cómo se ha transformado Ecuador como consecuencia de la expansión del crimen organizado transnacional, particularmente con la presencia del Tren de Aragua?
Coutinho: Ecuador es uno de los ejemplos más interesantes de cómo el crimen organizado ha mutado en la región. El deterioro de su seguridad comenzó después del proceso de paz en Colombia, cuando la desmovilización de las FARC dejó un excedente de “mano de obra criminal” que empezó a desplazarse y a afectar directamente al país. Esa fuerza delincuencial no tardó en integrarse a nuevas estructuras ilícitas, abriendo la puerta a mafias europeas —en especial libanesas— y a redes criminales chinas. Con la irrupción del Tren de Aragua, el escenario terminó de consolidarse y Ecuador se convirtió en un nodo criminal en expansión, prácticamente imposible de contener.
El problema central es que muchos gobiernos siguen negando este fenómeno. Se resisten incluso a reconocer a organizaciones como el Tren de Aragua como estructuras criminales transnacionales. Esa negación ha permitido su consolidación en al menos 11 países, incluidos Paraguay, Uruguay, Brasil, Chile y República Dominicana. Incluso ha logrado expandirse en territorios que, en apariencia, mantenían cierta estabilidad. Y en lugares como Haití, donde el Estado prácticamente no existe, la organización ha extendido sus tentáculos sin resistencia alguna.
La crisis de Haití es un ejemplo claro de este patrón. Todo se origina en la ausencia del Estado, un vacío que empodera a las redes criminales. Esa criminalidad se alimenta de la cocaína proveniente de Colombia, pero movilizada por Venezuela, que impulsa olas de violencia en toda la región. El narcotráfico se ha convertido en un instrumento de desestabilización, y el Tren de Aragua es parte integral de esa maquinaria. Todo esto sucede porque los Estados siguen actuando como si enfrentaran un crimen “convencional”, cuando en realidad lidian con estructuras criminales transnacionales e híbridas.
Diálogo: El Arco Minero del Orinoco fue presentado por el régimen de Nicolás Maduro como un proyecto de desarrollo sostenible, pero diversas investigaciones lo describen como un enclave controlado por estructuras militares y redes criminales. ¿Qué papel cumple el oro en la sostenibilidad política y económica del régimen, y cómo se articula este recurso con la participación de actores criminales nacionales e internacionales?
Coutinho: Estamos hablando de una extensa región aurífera en Venezuela que abarca una parte considerable del territorio nacional. En un Estado democrático, este mineral se explotaría legalmente mediante concesiones, generando ingresos fiscales y contribuyendo a la prosperidad del país. Ese sería el marco ideal. Pero en la Venezuela actual, todo eso es solo retórica.
La mayor parte de la extracción es ilegal y está controlada por redes en las que actores militares proporcionan logística y protección. En este esquema, la frontera entre lo legal y lo ilegal prácticamente ha desaparecido. Y no se trata de unos cuantos militares corruptos: es toda la estructura del Estado venezolano la que opera bajo una lógica de corrupción sistémica, profundamente articulada con economías ilícitas.
Ese oro tiene tres destinos principales. El primero es China, que no necesita “legalizarlo”, pues lo incorpora directamente a las reservas de su Banco Central; parte de ese oro sirve como pago de deuda o como mecanismo de corrupción para apuntalar al régimen. El segundo destino es Turquía, que sí requiere legalizarlo y recibe grandes volúmenes de oro venezolano y los reexporta como oro formal. Y el tercero es Nicaragua. Los vuelos procedentes de Venezuela llegan cargados de oro, y basta observar las cifras de exportación nicaragüenses que son absurdas para un país que no produce oro a esa escala.
Todo este entramado muestra cómo el oro ilegal venezolano financia la corrupción y enriquece a los niveles necesarios para mantener operativo al régimen.
Parte II
En la segunda parte de esta entrevista, Coutinho revela el engranaje más alarmante del mapa criminal hemisférico: la internacionalización del Estado mafioso venezolano y su conexión operativa con Irán, Rusia, China y Hezbolá. Un capítulo que desmonta por completo la idea de que el crimen en la región es un fenómeno aislado o doméstico, y demuestra cómo potencias extrarregionales utilizan a Venezuela como plataforma para librar una guerra híbrida silenciosa que ya desborda sus fronteras y coloca a toda Latinoamérica frente a un riesgo real, inmediato y en aceleración para la seguridad hemisférica.


