En Colombia, un soldado sana heridas del espíritu

Por Dialogo
marzo 26, 2012


Paralítico a causa de la explosión de una mina en Colombia, el soldado Mario Calle encontró una nueva vocación: fabricar sillas de ruedas para sus compañeros heridos en combate al igual que él, una actividad que también le ha permitido sanar el espíritu.



Ya jubilado a sus 49 años, este mayor de caballería en retiro logró de las Fuerzas Militares el permiso para instalar su taller en un cuartel de Bogotá.



Un destornillador, pinzas, tenazas y tubos de metal se juntan en una pequeña habitación oscura, en la que este hombre de aspecto delgado y nervioso trabaja sin descanso, con la mirada vivaz detrás de unos finos lentes.



“La discapacidad, no sé lo que es, no tiene ningún sentido para mí”, asegura a la AFP.



En octubre de 1999, una mina antipersona puso fin a la carrera de este ex integrante de las fuerzas especiales, cuando patrullaba en el departamento de Antioquia, en el noroeste de Colombia, país marcado por medio siglo de conflicto con la guerrilla y en el que todavía el año pasado 2.089 militares resultaron heridos y otros 483 murieron, según cifras del gobierno.



Calle recibió 17 impactos, uno de los cuales le seccionó la médula espinal y le impidió la movilidad de las piernas, pero no le quitó el optimismo. “Y sin embargo aquí estoy y eso es todo lo que importa”, dice.



Hace seis meses, gracias a un curso en Estados Unidos que financió el Ejército, Mario Calle comenzó la fabricación de sillas de ruedas, entre éstas la suya. Adaptadas a las heridas de cada soldado, las sillas se venden a la mitad del precio corriente y las reparaciones son gratuitas.



“No tengo como objetivo ganar plata, sino ayudar a los que lo necesitan, darles energía y fuerza”, afirma Calle, quien cobra una pensión de unos US$ 385 mensuales, apenas un poco más que el salario mínimo.



Néstor Narvas, un soldado de infantería de 26 años, fue víctima de una granada que le hizo perder las piernas el año pasado. Se encuentra en el cuartel para dejar a Calle su silla de ruedas dañada, que a cambio le entrega una nueva. “Afuera hubiese sido muy costoso, y él me la regala”, murmura al salir.



En el cuartel que aloja a unas 1.700 personas, entre ellos los miembros de la brigada de desminado, Calle se ha convertido en alguien imprescindible a quien se le solicita todo tipo de reparaciones.



“¡Hola, Calle! ¡Qué hubo, Calle!, le saluda la gente a su paso. Algunos le ofrecen caramelos, las esposas de los soldados le dan un beso.



“El es ejemplo de cómo superar una discapacidad. Representa una esperanza para todos los heridos”, afirma el médico Javier Marroquín, del centro de salud de la base, a donde Calle acude con frecuencia para animar a los recién llegados.



El militar en retiro está convencido de que entiende “lo que sienten mejor que un sicólogo, pues lo he vivido. El taller es una cosa, pero en realidad estoy aquí por la parte humana, es lo más importante”.



Su novia Angela Vargas, de 24 años y hemiplégica debido a un accidente de tránsito, no siente celos de su actividad desbordada. “Es pionero en lo que hace, y me siento muy orgullosa de él”, dice la chica que le conoció en un estadio de atletismo.



Y es que los deportes son la otra pasión de este militar que ha recorrido en silla de ruedas más de 30.000 kms por América Latina. En un rinconcito de su taller guarda su mayor tesoro: una moto de 80 cm3 que fabricó en sus ratos libres.



“Los únicos límites no son los del cuerpo, sino los que tenemos en la mente”, repite.










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