El portaaviones USS George Washington: un sueño de niño hecho realidad

U.S. Carrier USS George Washington: A Boy’s Dream Come True

Por Dialogo
diciembre 01, 2015






Hoy en día, con mis cincuenta años a la espalda, se me puede considerar todo un señor, sin embargo era un muchacho durante la época de la Guerra Fría. Soy hijo de un suboficial del Cuerpo de Infantes de Marina, visceralmente anticomunista, que acompañaba la rivalidad Este - Oeste, aprensivo de que un día estuviéramos ante un conflicto en que una acción ofensiva del gran poderío convencional soviético pudiera arrastrarnos a una guerra nuclear. En el mar, la antigua Unión Soviética tenía una enorme cantidad de buques de superficie con misiles de crucero, lanchas rápidas con proyectiles guiados antinavíos y submarinos convencionales y nucleares con los cuales podía amenazar todas las rutas marítimas del planeta, incluso las de América del Sur.

En este contexto, en que la influencia soviética era una clara amenaza, se admiraban los portaaviones de la Marina de los Estados Unidos porque eran vistos como una garantía que podía hacer que los comunistas pensaran dos veces antes de lanzarse cualquier aventura. Este muchacho, entusiasta y lector de la publicación Jane’s
y de revistas como Proceedings
y All Hands,
vio una y otra vez películas sobre portaaviones como Alas de Águila ( The Wings of Eagles
, con John Wayne), Los puentes de Toko-Ri ( The Bridges at Toko-Ri,
con William Holden), El conteo final ( The Final Countdown,
que se vio en Brasil con el título de Nimitz - De volta ao inferno
) y finalmente Ídolos del aire ( Top Gun
), sin poder imaginar que un día tendría la oportunidad de vivir un poco aquellas acciones a bordo de uno de esos enormes y fantásticos navíos.

Aunque mi interés por los temas militares no me haya llevado a trabajar en las Fuerzas Armadas, me conectó con una de las más antiguas y renombradas publicaciones del segmento de defensa de Brasil y este último 18 de noviembre, como representante de la Revista Seguridad & Defensa invitado por el Centro de Comunicación Social de la Marina de Brasil, estuve a bordo del USS George Washington, portaaviones nuclear que comanda una flota de la Marina de los Estados Unidos, la cual estuvo operando juntamente con la escuadra brasileña en la 56ª edición de la Operación UNITAS.

El embarque para el Día de los Medios de Comunicación sucedió en la Base Aérea de Galeão, Río de Janeiro, un lugar conocido y siempre agradable para los muchachos que, como yo, estudiaron en el Colegio Brigadeiro Newton Braga de la Fuerza Aérea Brasileña en el barrio de la Ilha do Governador. Estacionados en la pista del Galeão, además de los dos C-2 Greyhounds de la Marina de los Estados Unidos había dos Ospreys V-22, un nuevísimo P-8 Poseidon, un P-3AM Orion de la Fuerza Aérea de Brasil y un F-27 de la Patrulla Marítima de la Marina de Perú.

Antes de embarcar, los invitados escucharon una presentación del Capitán Tom Gordy, abordando la maniobra naval, el portaaviones, el componente aéreo, así como sobre lo que conformaba la visita propiamente dicha. Embarcamos y seguimos en el espartano C-2 por más de dos horas, hasta que nos reunimos con el portaaviones estadounidense en un punto del Atlántico Sur, a unos 70 km del litoral del sur de Brasil.

El aterrizaje en un portaaviones es algo que genera innúmeras expectativas. De hecho, la abrumadora mayoría de los presentes, tanto brasileños como estadounidenses, aterrizaba en una cubierta de buque por primera vez y después de volar tanto tiempo en aquella aeronave de transporte de doble cola, sin ventanas y con los asientos sorprendentemente mirando hacia atrás, todos teníamos curiosidad por vivir la experiencia de aterrizar, enganchar y parar en una cubierta de vuelo. El aterrizaje fue “suave”, y aunque el enganche con el cable de parada se sienta, la sacudida se atenuó completamente con el cinturón de seguridad de cuatro puntos que nos mantuvo en el asiento. La vista desde la parte trasera al abrirse la rambla mientras se carreteaba por cubierta fue espectacular.

Como sus hermanos de clase Nimitz, el USS George Washington es una ciudad flotante, con más de 3.360 habitaciones y 97.000 toneladas de desplazamiento. Tiene 332 m de largo y 76 m de ancho, y los reactores nucleares pueden acelerarlo a velocidades superiores a 30 nudos y permite que navegue cerca de 800 km en un solo día.

De la quilla al mástil más alto mide 74 m de altura (la pura "isla” de mando mide, de la base al tope del mástil, cerca de 46 m). Tiene alojamiento para cerca de 5.000 personas y tiene espacio para hasta 80 aeronaves. Los motores pueden operar por 20 años sin necesidad de reabastecer. Normalmente la defensa de un portaaviones se entrega a los navíos/submarinos de escolta y a los aviones; sin embargo, el USS George Washington todavía tiene dos lanzadores óctuples de misiles antiaéreos Sea-Sparrow, dos lanzadores de misiles antiaéreos/anti-misiles RAM, tres cañones Vulcan Phalanx y varias ametralladoras para proteger el navío contra amenazas asimétricas en áreas portuarias.

Una vez en el interior del navío, seguimos hacia una sala de recepción de visitantes donde nos presentaron a la Capitán Lara Bollinger, oficial de Relaciones Públicas que nos acompañó durante toda la visita, y a una pareja de marineros nacidos en Brasil que actuarían como nuestros intérpretes.

En seguida, el Capitán Timothy C. Kuehhas, Comandante del USS George Washington, vino a charlar con el grupo. Elogió el profesionalismo de las tripulaciones de los diferentes navíos que participan en la operación y enfatizó que UNITAS es importante para una mejor capacidad de coordinación entre las diferentes fuerzas, para superar las posibles dificultades y para que puedan operar de forma conjunta. El comandante aclaró que al regresar a los Estados Unidos, el George Washington entrará en un período de reabastecimiento y de reparaciones que debe durar unos dos años y mientras tanto el buque recibirá una nueva carga de combustible nuclear y pasará por varias reparaciones y actualizaciones de equipos. Durante ese tiempo, la tripulación y el ala aérea será reasignada a otros portaaviones de la Marina de los Estados Unidos.

Acompañamos el lanzamiento de aeronaves F/A-18E e F, y de F/A-18C desde una posición lateral muy cercana a una de las catapultas en la proa del buque. El nivel de ruido en la cubierta es altísimo y aún con protección y silenciadores de óptima calidad para los oídos, la comunicación verbal es prácticamente imposible. Pudimos darnos cuenta de la excepcional coordinación de los efectivos que trabajan en la cubierta de vuelo cuyas funciones se diferencian según el color de sus chalecos.

Estacionados en cubierta, pudimos ver de cerca y por primera vez en Brasil, el E/A-18G Growler, versión de guerra electrónica y de supresión de defensas del Super Hornet, con sus característicos capullos en la punta del ala. El lapso entre uno y otro lanzamiento era sorprendentemente pequeño y quedó bien claro que no sería necesario utilizar las cuatro catapultas para que despegaran del navío media docena de aeronaves armadas en menos de quince minutos. Conocimos el Centro de Operaciones de Aeronaves (donde se controla la disposición y el tráfico de los aviones estacionados, tanto en la cubierta de vuelo, como en el hangar inferior y el puente de mando o pasadizo.

También pudimos observar cómo se reciben las aeronaves, viendo la aproximación de aterrizaje de los dos modelos de cazas F/A-18, su poso en cubierta y retención por el gancho de parada en la cola. Al interior del hangar, situado justo abajo de la cubierta, vimos una serie de aeronaves en reparación y una gran cantidad de equipos, como tanques de combustible, conjuntos de designación de blancos, de contramedidas electrónicas, de reabastecimiento en vuelo de caza a casa, abrigos con turbinas a jet, etc.

Antes de regresar, aún tuvimos la oportunidad de reunirnos con la Contraalmirante Lisa Franchetti, quien estaba acompañada del Capitán Max G. McCoy, Comandante del Ala Aérea de Portaaviones nº 2. En un discurso muy amable, la Contraalmirante enfatizó el carácter integrador de UNITAS y la suma de experiencias positivas que conlleva para las fuerzas bajo su mando. El Comandante McCoy informó sobre los ejercicios realizados con los escuadrones de la Fuerza Aérea Brasileña, incluso con simulaciones de combate aire-superficie contra blancos navales y de combate aéreo.

Aunque ya había estado a bordo de otros portaaviones como el USS Constellation, el USS Enterprise, el USS Abraham Lincoln, el USS Ronald Reagan y el USS Carl Vinson, las experiencias no se parecieron a la que varios periodistas, visitantes y yo pasamos a bordo del George Washington. Aquellas películas de mi juventud, así como las imágenes de operaciones militares que se mostraban en los noticieros, estaban pasando ahí, prácticamente al frente nuestro y nosotros actuábamos como extras.

Ya pasaba de las 15h cuando nos pusimos nuevamente el equipo de seguridad (chaqueta salva vidas y casco) y volvimos al C-2 del Escuadrón Providers que nos traería de regreso a Río de Janeiro. Había gran expectativa de los presentes para sentir la catapulta, principalmente después de haber visto los lanzamientos de los caza unas horas antes. El avión se posiciona y en un instante nos lanzan hacia adelante con una fuerza difícil de describir. Sólo el cinturón de seguridad bien apretado nos impide salir volando violentamente del asiento. Esa sensación prácticamente se mezcla con la del breve descenso que hace el avión, y luego el ascenso, motivado por el poderoso conjunto propulsor y las hélices de ocho palas. El súbito y breve vacío en el estómago fue una sensación que no había sentido antes, incluso en las montañas rusas de los parques de diversiones que visité. Realmente, ¡no es algo que se pueda olvidar! Ahora podemos realmente describir cómo una catapulta a vapor puede acelerar de cero, e incluso en un avión grande y pesado como el C-2, y lanzarnos al vacío a más de 200 km/h.

Demoramos casi dos horas y media para regresar al Galeão. Durante el viaje, los hechos del día se me pasaban por la mente como una película. Al final del viaje, nos llamaron uno a uno y recibimos de manos del Comandante Tom Gordy un certificado de “Tailhookers” Honorarios, que sin duda inmortalizará esta aventura que la Marina de los Estados Unidos tan gentilmente nos brindó ese día. Nos sentimos como los jovencitos de las películas del ayer, y hoy, sin duda, todos entendimos mejor esa máxima que dice que cuando haya cualquier problema en el lugar que sea del planeta el presidente de los Estados Unidos siempre tiene a su disposición esos sensacionales navíos.

*Vinícius Domingues Cavalcante integra desde 2009 el cuerpo editorial de la Revista Seguridad & Defensa.

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