Historia de un sueño fracasado

Miles de haitianos y cubanos pasaron a pie por la selva, un difícil camino hacia una ilusión.
Roberto Lopez Dubois/Diálogo | 28 febrero 2017

Respuesta Rápida

Las familias con niños en brazos y mujeres embarazadas caminaron durante varios días a través de la selva, donde enfrentaron todo tipo de peligros. Muchos no alcanzaron a llegar. (Foto: SENAFRONT)

A las 16:53 del 12 de enero 2010, un fuerte movimiento sacudió a los habitantes de Puerto Príncipe, capital de Haití. El terremoto de 7.3 grados en la escala Richter cobró la vida de 316.000 personas; 350.000 quedaron heridas y más de 1,5 millones sin hogar. Esta fue calificada en su tiempo como una de las catástrofes humanas más graves de la historia.

Ese mismo año, el gobierno de Brasil presentaba excelentes cifras de crecimiento económico.

En la busca de un empleo, miles de haitianos decidieron emprender el viaje hacia una tierra en donde esperaban lograr la oportunidad que en su país, no podían encontrar.

Un par de años después, cuando las ceremonias de clausura marcaron las finales del Mundial de Futbol de 2014 y las Olimpiadas de 2016, la realidad de Brasil cambió. Terminaron los grandes proyectos de construcción necesarios para realizar estos dos eventos deportivos, y con ello la excesiva demanda de mano de obra llegó a su fin. Entonces los migrantes fijaron nuevas metas e iniciaron el camino otra vez. Ahora querían llegar a los Estados Unidos –y como muy pocos pueden comprobar–, realizar su sueño americano.

Miles de haitianos reemprendieron el camino, salieron de países como Perú, Ecuador o Colombia, y desde allí iniciaron su viaje hacia el norte. Hombres, mujeres y niños pasaron de país en país guiados en muchos casos por inescrupulosos “coyotes”, quienes los trasladaron por el único paso terrestre existente entre Sudamérica y Norteamérica: el tapón del Darién.

Pero no solo fue la migración de haitianos. En 2013, Cuba eliminó las restricciones de salida del país y con ello aumentó el flujo migratorio de los isleños hacia los Estados Unidos.

La muralla verde

Muchos cubanos retomaron su viaje desde Ecuador o Perú y desde allí, a la frontera con Panamá donde alcanzaron a los que venían de Haití.

El gran flujo migratorio fue más fuerte, y al verse incapaces de manejarlo, algunos países decidieron cerrar sus fronteras.

Panamá trató de hacer lo mismo en su frontera con Colombia, pero gran parte del límite entre ambos países es selvático. Una vez dada la prohibición, los migrantes decidieron caminar por las veredas del tapón del Darién que fueron abiertas el siglo pasado por colombianos en busca de refugio del conflicto librado en Colombia.

Los efectivos del Servicio Nacional Aeronaval de Panamá lograron rescatar varias mujeres, niños y ancianos, que requerían atención médica de urgencia. (Foto/SENAFRONT)

Los primeros en pasar hacia Panamá contaron cómo algunos de sus compañeros fueron quedándose en el camino.

“Cada vez llegaban más y más. De hecho, durante un solo fin de semana entraron a Panamá 1.500 personas. Esto nos disparó las alarmas”, dijo a Diálogo el comisionado Cristian Hayer, director general de Servicio Nacional de Fronteras (SENAFRONT) de Panamá.

Los efectivos de SENAFRONT patrullaron los caminos para ofrecer asistencia. “Estimamos que en Panamá murieron entre 10 y 12 personas”, afirmó Hayer.

Los “coyotes” decían a los viajeros que el paso por el área tomaría dos o tres días. Sin embargo, no les explicaban que quienes tardan ese tiempo en esa travesía son personas en plena forma, acostumbrados a ese tipo de terrenos. Por eso, mujeres embarazadas o familias con niños necesitaban entre 10 y 15 días para lograrlo.

Flujo controlado

En muchos sitios el límite entre Panamá y Colombia está ubicado en lo alto de las montañas en el medio de la jungla. Esto hace más difícil el trayecto. Los caminantes, agotados y con los pies sangrando optaban por abandonar sus provisiones y otros enseres a lo largo de las veredas.

Por esos lugares pasaron unas 20.000 personas. “Las trochas [veredas] ahora parecen carreteras… hay muchos pedazos de camisas, calzado y demás que dejaban a su paso”, agregó Hayer. De acuerdo con los números arrojados por los periódicos de la fecha, solo en 2015, unas 24.000 personas entraron por la vía terrestre. En respuesta a las oleadas de migrantes del año 2016, el gobierno panameño instaló albergues en donde dio asistencia y realizó un censo para identificarlos.

“Panamá con sus recursos dio ayuda humanitaria a los migrantes; recibieron alimentación en albergues y asistencia de salud que incluyó las vacunas necesarias para que pudieran continuar con su viaje, ya que muchos de ellos expresaron que su intención era pasar por el país y no permanecer aquí”, dijo a Diálogo Rodrigo García, secretario general de la Comisión Nacional contra la Trata de Personas, que combate el delito de explotación sexual y laboral en Panamá, y presidente de la Coalición Regional Contra la Trata de Personas y Tráfico Ilegal de Inmigrantes.

“Llegamos a acuerdos con Costa Rica para que ellos dejaran pasar 100 [migrantes] por día. Nosotros los pasamos con vacunas y realizamos los controles de seguridad con el registro biométrico”, agregó el director de SENAFRONT.

En la actualidad quedan muy pocos migrantes recluidos en los pocos albergues abiertos. Por el momento pasó la crisis. Hoy las autoridades panameñas están tranquilas porque consideran que dieron el apoyo necesario a los miles que pasaron en su intento por una vida mejor, pero que solo encontraron sufrimiento y pérdidas irreparables.

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