Colombianos repudian ejecuciones de las FARC y exigen paz

Por Dialogo
diciembre 08, 2011


En repudio ante las ejecuciones de cuatro rehenes que estaban en manos de rebeldes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), miles de colombianos se manifestaron en todo el país el 6 de diciembre para exigir el final de medio siglo de violencia y secuestros guerrilleros.

Mientras helicópteros sobrevolaban Bogotá y resonaban las bocinas de los autos, los colombianos marchaban vestidos de blanco hacia la plaza principal de la capital, sosteniendo fotos de los hombres asesinados.

Las FARC dispararon a quemarropa a las víctimas, miembros de las Fuerzas Armadas que llevaban más de una década secuestrados- mientras las tropas atacaban los escondites insurgentes.

“Hemos tolerado a las FARC lo suficiente”, manifestó el ingeniero Rubén Castaño, quien se tomó un día en su trabajo para participar de la protesta”. “Por Dios, es hora de terminar con esto.”

El presidente Juan Manuel Santos, quien apoyó la marcha, enfrenta la presión cada vez mayor de los colombianos, quienes le exigen una solución al conflicto que ha acabado con la vida de miles de personas.

Responsable de algunos de los golpes más letales contra las FARC, como por ejemplo la ejecución del cabecilla de la agrupación Alfonso Cano en noviembre, Santos expresó voluntad de llevar a cabo charlas de paz si la agrupación rebelde marxista baja las armas y cesa los secuestros y ataques contra civiles y militares.

Aunque las FARC se resisten, Cano había manifestado antes de su muerte que el diálogo era la única salida adelante.

“No es solo el Gobierno el que exige paz, sino toda Colombia”, declaró Santos al comienzo de la marcha. “La gente está harta de la violencia”.

Las FARC han sufrido más de una década de ataques apoyados por los Estados Unidos, lo cual ha debilitado seriamente a los rebeldes y ha limitado su capacidad de lanzar ataques contra la infraestructura económica de la nación, atrayendo miles de millones de dólares en inversiones extranjeras.

Sin embargo, el grupo persiste como gran parte del conflicto, lo que despoja un uno por ciento anual de la economía.

Aunque una vez fueron considerados casi invencibles –no se logró asesinar o capturar a ninguno de los siete miembros del secretariado en más de cuatro décadas– cinco cabecillas han muerto desde 2008.



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