Estación espacial china en Argentina genera sospechas sobre uso militar

Instalada en la Patagonia, la base científica depende de una agencia del Ejército Chino que se dedica a interceptar comunicaciones de otras potencias.
Eduardo Szklarz/Diálogo | 26 octubre 2018

Amenazas Transnacionales

Vista aérea de la Estación del Espacio Lejano, ubicada en un terreno de 200 hectáreas de la Patagonia, en la provincia argentina de Neuquén. En la parte inferior izquierda, está la antena de 48 metros de altura y 35 m de diámetro, manejada por militares chinos. (Foto: Google, DigitalGlobe)

La provincia argentina de Neuquén es conocida por sus bellos lagos, volcanes, pistas de esquí y yacimientos petroleros. Pero hay un nuevo elemento que desentona con el paisaje de la Patagonia: una descomunal antena de 48 metros de altura, 35 m de diámetro y 450 toneladas manejada por militares chinos.

La antena integra la Estación del Espacio Lejano, perteneciente a la Agencia Nacional de Lanzamiento, Seguimiento y Control General de Satélites (CLTC en inglés), que a su vez depende del Ejército Popular de Liberación de China. El complejo se encuentra dentro de un terreno de 200 hectáreas que Buenos Aires le cedió a Pekín por 50 años, fruto de un acuerdo con cláusulas secretas firmado en 2014 entre los Gobiernos de la expresidente Cristina Fernández de Kirchner y su par chino Xi Jinping.

En 2015, luego de la ratificación del tratado por el Congreso argentino, el Ministerio de Planificación aseguró en un comunicado que no existían “cláusulas reservadas”. También afirmó que “la estación tiene fines científicos y civiles exclusivamente, centrándose en realizar tareas de monitoreo, control y bajada de datos de las misiones de exploración interplanetaria chinas en el marco del Programa Nacional de China para Exploración de la Luna y de Marte”. Sin embargo, el megaproyecto de USD 50 millones, que entró en plena operación a fines de 2017, divide opiniones en la Argentina.

Científicos de la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE) celebran que tendrán acceso a 10 por ciento del tiempo de uso de la antena –equivalente a dos horas 40 minutos por día. A su vez, analistas de seguridad advierten sobre los riesgos de uso militar de la instalación, a pesar de la promesa china al Gobierno de Mauricio Macri en cuanto a los fines pacíficos.

“Llama la atención que la agencia a cargo del proyecto sea una agencia militar y que además dependa de la Dirección General de Armamento del Ejército Chino. O sea: no hay dudas de que hay uso dual en el tema”, dijo a Diálogo Juan Belikow, profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad de Buenos Aires. “El problema básico es que no hay ningún mecanismo que garantice a la Argentina ni a la comunidad internacional un monitoreo de exactamente qué es lo que ocurre dentro de esa unidad”.

Según Belikow, la pregunta es si la estación forma parte de una red china similar a la Red Echelon que utiliza esa misma tecnología para la interceptación de comunicaciones. “La capacidad la tienen. La agencia de la que depende el control de esta antena se dedica a esto. Y al no haber ningún tipo de control, no hay manera de asegurar que no se esté haciendo [la interceptación]”, afirmó. “Es decir: la promesa de uso civil es una promesa de palabra, y sabemos que la palabra de los chinos en ese sentido nunca ha sido muy útil”.

El analista internacional Fabián Calle recuerda que la Argentina es referente en temas espaciales, con una industria tecnológica avanzada ligada a satélites y energía nuclear. “La explicación que dan los científicos que no tienen preferencias ideológicas es que la antena, como ha sido montada, básicamente tiene una utilidad importante para el programa espacial chino”, dijo Calle a Diálogo.

“Ninguno de los técnicos con que yo he hablado la ha mostrado como un elemento clave de un programa de misiles balísticos estratégicos de China”, agregó Calle. “Lo cual no implica que no se tenga alguna utilidad dual o que no se pueda obtener alguna información que le pueda ser útil a la estructura militar china”.

BeiDou: el GPS made in China

Situada en la localidad neuquina de Bajada del Agrio, la estación interplanetaria es la primera que los chinos construyen fuera de su territorio. Y les va a permitir mucho más que preparar su caminata en la luna. Con la instalación, Pekín busca hacer lo mismo que las otras potencias mundiales: independizarse del GPS, el sistema de navegación satelital desarrollado por el Departamento de Defensa de los Estados Unidos en los años 70, que entró en operación en 1995.

Desde entonces, Europa desarrolló su propio sistema –Galileo–, así como Rusia implementó el GLONASS [Sistema de Satélite de Navegación Global]. Ahora, China lo está haciendo con el suyo, BeiDou, también conocido como Compass.

Independizarse del sistema GPS requiere de una presencia geoestacional importante, afirmó Belikow. Y ubicar la antena en Neuquén tiene sentido porque la Patagonia es el antimeridiano chino, es decir, el lado exactamente opuesto del planeta.

“Eso les da a los chinos un acceso para compensar el lado oscuro del planeta que ellos no tienen cubierto”, explicó el analista. “Pero sabemos que no va a ser suficiente. Los chinos probablemente necesiten triangular [las señales], con lo cual podrían instalar antenas similares en otros lugares del mundo para que su sistema sea suficiente. Podemos esperar que aparezcan otras estaciones similares en África o en otro lugar de Asia”.

Según Belikow, lo lógico sería tener entre seis y 12 estaciones, pero con tres ya es posible tener tres dimensiones. “Puede que en China haya dos estaciones, con lo cual ya las tres estarían cubiertas. De todos modos, la calidad de la precisión es relativamente baja”, remarcó. “Por lo pronto, como mínimo, los militares chinos van a usar la instalación como base para su sistema de posicionamiento satelital. Sabemos que el GPS es orientado básicamente al uso militar y, secundariamente, al uso civil. Por lo tanto, es casi ridículo pensar que los militares chinos no van a usar su propio sistema GPS”.

El contexto del acuerdo

El largo proceso para la construcción de la antena comenzó en 2012, con la firma de un acuerdo de cooperación entre la estatal china CLTC y la CONAE. En ese entonces, una Argentina aún golpeada por la recesión de 2008-2009, y sin acceso a los mercados internacionales tras la mora de USD 100 000 millones de 2002, veía al gigante asiático como la salvación de sus problemas económicos.

Pero también había un factor político. “El Gobierno kirchnerista, especialmente a partir de 2008, empieza a hacer un giro bastante antiamericano, que se agudiza en el primer Gobierno de Cristina Fernández y mucho más en el segundo”, afirmó Calle. “Por lo tanto, la firma del acuerdo [de 2014] está enmarcada dentro de esa política exterior de alejarse de los EE. UU., de Europa y de los países democráticos de la costa del Pacífico y de América, apoyándose más en Rusia y China”.

El argumento argentino fue que la antena de Neuquén era bastante similar a la Deep Space Antenna 3 (DSA 3), de la Agencia Espacial Europea (ESA en inglés), inaugurada en 2012 en la localidad de Malargüe, en la provincia argentina de Mendoza. Fruto de otro convenio con la CONAE, la DSA 3 completó la red de tres Estaciones de Espacio Profundo de la ESA, que tiene antenas en New Norcia, Australia; y Cebreros, España.

“Por lo tanto, estaba esa idea de que la antena china era semejante a la de la Unión Europea (UE). Y si estaba la UE, incluyendo a los británicos hasta el Brexit, ¿por qué no íbamos a tener un acuerdo con China, que es el principal comprador de soya y minerales de la Argentina, además de tener importantes inversiones en puertos?”, explicó Calle.

Pero el acuerdo CLTC-CONAE generó sospechas desde el principio. El artículo 10, por ejemplo, establece que “ambas partes mantendrán la confidencialidad respecto de la tecnología, actividades y programas de seguimiento, control y adquisición de datos”.

El posterior tratado bilateral también fue criticado por su secretismo, a pesar de las desmentidas del Gobierno kirchnerista. Al asumir la presidencia, Mauricio Macri pidió a China que agregara un anexo aclarando que la estación sería exclusivamente para fines pacíficos. 

Para Belikow, sin embargo, el compromiso de “fines pacíficos” tiene una trampa. “Si ellos [los chinos] te van a justificar que todo lo que hacen ahí es para defender a China, y eso lo consideran pacífico, el hecho de estar espiando comunicaciones de terceros lo pueden enmarcar en uso pacífico”, afirmó.

La Casa Rosada se ve entonces frente a una situación delicada. Tiene acceso a las cláusulas secretas del contrato, pero no lo puede denunciar por varios motivos. En primer lugar, porque es un tratado entre Estados. Y, por más que cambie el Gobierno, los tratados se preservan. “Y también porque, aun cuando hayan cuestiones técnicas que permitan cancelarlo, Argentina está atravesando una crisis financiera bastante compleja. Denunciar el tratado ahora tendría un impacto inmediato sobre su economía”, agregó Belikow.

Calle tampoco cree que Argentina va a cruzar ninguna línea roja en su relación con China. “El Gobierno de Macri tiene una postura de acercamiento a EE. UU., Europa, Japón, Israel, Chile, Colombia y México. Pero al mismo tiempo, pragmáticamente, mantiene un vínculo económico, político y comercial fluido con China”, señaló. “Es muy difícil no establecer un vínculo con una potencia emergente de ese tipo, que a su vez necesita las commodities que nosotros exportamos”.

Por otro lado, el politólogo recuerda que Argentina firmó un reciente acuerdo con los EE. UU. para la realización de actividades humanitarias con empleo de fuerzas armadas precisamente en Neuquén. Además, en esa provincia ya hay una fuerte presencia de empresas petroleras norteamericanas que empiezan a explotar Vaca Muerta, una de las reservas de petróleo y gas no convencionales más grandes del mundo. “Eso le va a crear un vínculo estratégico muy fuerte entre Argentina y EE. UU. en materia de energía. Ahí hay claramente una decisión del Gobierno de dar un espacio importante a las empresas norteamericanas”, completó Calle.

La penetración china

La parabólica de 16 pisos sobre el desierto de la Patagonia es sólo uno de los emblemas de la creciente influencia china en Latinoamérica. En 2015, Xi Jinping prometió USD 250 000 millones en inversiones en la región hasta 2025. Ante los líderes de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) reunidos en Pekín, Xi también estimó que el comercio entre China y los miembros de la CELAC llegará a USD 500 000 millones en la próxima década. A eso se suman los ejercicios militares conjuntos entre China y los países sudamericanos, como los realizados con la Marina de Brasil en 2013 en Río de Janeiro.

“Preocupa mucho la penetración de China en la región”, dijo Belikow. “Hay que admitir que los chinos aprenden rápido. Penetraron en África aprovechando los años de la distracción norteamericana, producto de las guerras en lugares como la ex Yugoslavia e Irak. Hoy África está controlada por una penetración china muy resistida por los africanos, porque el estilo de penetración fue muy agresivo, con situaciones rayando la esclavitud”, remarcó.

El experto no descarta que China use la estructura de la estación de Neuquén –no sólo la antena grande, sino también las suplementarias– para interferir en las comunicaciones locales. Inclusive para espiar las actividades petrolíferas e interceptar mensajes de barcos pesqueros y militares en el Atlántico Sur. “Recordemos que hoy la información no sale por cable, sino vía satélite. Y, por más encriptada que esté, sabemos que los chinos no son precisamente los menos útiles para hackear comunicaciones”.

Belikow dijo que preocupan no sólo las cláusulas secretas del convenio, sino el blindaje que se ha generado sobre la operatividad de la estación. Por ejemplo, ¿qué suponen las 2h40 de acceso por día? ¿Será un acceso físico o remoto? “Eso tampoco está definido. Mi sospecha es que van a darles [a los científicos argentinos] acceso remoto a la información generada ahí. Porque en ningún lugar –por lo menos de lo que conocemos– se dice que ese acceso va a ser físico”, afirmó.

“Un caso más razonable sería si nos dieran ese lapso de tiempo (2h40) para entrar en cualquier momento en la estación. De cualquier manera, desde que uno pasa por la guardia de entrada hasta que llega a la sala, ellos pueden cerrar todos los programas que no deberían estar usando, con lo cual no hay manera de monitorearlo. Es una situación rara”, completó.

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