Un alerta estratégico en preparación para la Copa Mundial 2014 y otros eventos

Por Dialogo
junio 28, 2013


Desde el 12 de junio de 2000, cuando ocurrió una tragedia en un ómnibus en el barrio Jardín Botánico de Río de Janeiro, Brasil, la Policía Militar de esa ciudad no había sido tan desmoralizada durante una transmisión en vivo para el mundo entero.



En ese entonces, el ómnibus 174 fue secuestrado con varios pasajeros a bordo, que fueron liberados poco a poco luego de negociaciones, hasta que solo quedó una mujer. Cuando por fin el secuestrador decidió entregarse, un policía del Batallón de Operaciones Policiales Especiales (BOPE) resolvió, por iniciativa propia, dispararle al delincuente errando el blanco y acertando en la cabeza de la rehén, que murió momentos después. El secuestrador fue llevado de inmediato al vehículo de la policía, pero murió por asfixia camino a la jefatura. La prensa de todo el mundo estaba presente y transmitió todo en vivo.



En aquella ocasión, cualquier persona con un mínimo de conocimiento sobre negociación o gestión de crisis podía notar fácilmente los errores absurdos y gravísimos en la conducción de todo el proceso. Además de que prácticamente no hubo ningún tipo de aislamiento del área y los periodistas tuvieron completa libertad para filmar sus “primicias” sin preocuparse por interferir en el episodio, no se barajaron otras alternativas tácticas, además de la negociación, como por ejemplo, el uso de agentes químicos o de francotiradores. Como si fuera poco, dada la interferencia de los medios, la negociación, que debe realizar un especialista en el tema, quedó en manos del mismísimo comandante del BOPE de la época, lo que acabó comprometiendo el nombre de la institución, ya que él no comandaba ni coordinaba. Tan así, que el militar que “resolvió” disparar, tomó la decisión por cuenta propia.



Después del episodio, varios oficiales del BOPE solicitaron alejarse de la unidad, que solo recuperó su autoestima luego del lanzamiento del libro “Elite da Tropa” y, posteriormente, de la película “Tropa de Elite”.



Trece años más tarde, vemos en vivo el modo en que policías mal preparados y mal equipados son golpeados por vándalos y saqueadores. Además de no lograr conservar del patrimonio histórico, público y privado, vieron su integridad física y moral seriamente comprometida.



En ese proceso, los policías son los menos culpables. En un país en el que se paga casi 40% de impuestos, resulta simplemente inadmisible que la policía esté mal equipada, mal instruida y mal preparada para enfrentar una situación de esta naturaleza. Es fácil deducir que la gestión de recursos es incoherente.



Brasil posee una excelente industria nacional dedicada a las tecnologías no letales y de control de disturbios, en especial, la empresa Condor. Sin embargo, la manipulación de los equipos exige instrucción y práctica constante, además de ensayos colectivos. Una corporación que no invierte en reciclar la instrucción se expone a este tipo de situaciones. La realidad indica que podemos pasar 100 años sin que se produzcan estos disturbios, pero las fuerzas de seguridad no pueden pasar un segundo sin estar preparadas. Al momento en el que ocurren los problemas, no hay tiempo para desencadenar un proceso de adquisición, distribución, instrucción y uso de los equipos.



Es sabido por varios especialistas que el policía brasileño típico se contagia fácilmente el “síndrome de la cámara”. Basta con ver que hay un periodista cubriendo un suceso para que los policías, en varias ocasiones, inicien discursos y posturas corporales imitando a actores de Hollywood, y hasta realicen, muchas veces, acciones innecesarias y equivocadas. Ya pudimos observar a policías con armas letales (fusiles) disparando al aire sin ninguna necesidad. Los alborotadores y agitadores profesionales, como muchos de los que lideran los saqueos, ya saben de memoria que después de episodios como “Eldorado dos Carajás”, de abril de 1996, en el que 19 manifestantes del Movimiento de Trabajadores Sin Tierra fueron ejecutados por tropas de la Policía Militar del estado de Pará, y como el de la “invasión del presidio de Carandiru”, en octubre de 1992, en el que 111 detenidos fueron muertos por la Policía Militar del estado de Sao Paulo durante una rebelión, la policía tiene gran recelo de usar armamento letal para el control de disturbios, por el riesgo de pasarse el resto de la vida explicando judicialmente un posible exceso, y por el riesgo de recibir una condena.



Por lo tanto, corresponde a los gestores del proceso de seguridad pública la iniciativa de promover un rescate de calidad que resguarde la autoestima de la policía brasileña, y que vaya más allá de la adquisición de uniformes bonitos. Claro que, además de los equipos, la instrucción y un mejor sueldo es fundamental que se revise nuestro código penal. El incentivo más grande para las malas conductas es la certeza de la impunidad. A la fecha, solo fue apresado un número insignificante de vándalos y saqueadores.



La opinión pública internacional observa con atención la evolución de los disturbios, y vislumbra la posibilidad de que vuelvan a ocurrir con más intensidad durante la Copa del Mundo, dentro de solo un año. Varios turistas pasaron por situaciones desagradables o fueron heridos en traslados hacia los estadios; incluso los vehículos de la FIFA fueron alcanzados por las piedras. Los gestores del proceso tendrán que tomar medidas más que urgentes para aliviar las tensiones sociales y preparar de manera acorde a las fuerzas de seguridad que garantizarán la tranquilidad de los próximos eventos de gran importancia en Brasil.



*Fernando Montenegro, Coronel de las Fuerzas Especiales del Ejército Brasileño – Analista de Terrorismo y Seguridad Pública y Privada






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