2012-05-01

La inteligencia en el siglo XXI: desafíos y nuevas amenazas

Las nuevas amenazas, más complejas, abarcadoras y letales, son difíciles de prever y detectar por parte de las agencias gubernamentales. (Foto: AFP/Daniel Mihailescu)

Las nuevas amenazas, más complejas, abarcadoras y letales, son difíciles de prever y detectar por parte de las agencias gubernamentales. (Foto: AFP/Daniel Mihailescu)

Teniente Coronel André Luís Woloszyn

Los riesgos emergentes y las nuevas amenazas del sigo XXI se presentan de modos muy diferentes a la amenaza tradicional que estábamos acostumbrados a enfrentar en décadas pasadas. En la actualidad, estas se caracterizan por el dinamismo híbrido y la alta tecnología, que hacen que las agencias gubernamentales las encuentren difíciles de prever y detectar.

En las diversas expresiones del poder nacional (Brasil) surgieron cuestiones complejas que amenazan de forma directa la estabilidad social; entre ellas el terrorismo internacional, los crímenes cibernéticos, el crecimiento de los mercados globales y de los organismos criminales nacionales e internacionales, la proliferación de las armas químicas y biológicas de destrucción masiva, la degradación del medioambiente, los cambios climáticos, el narcotráfico, la piratería y bio-piratería, el espionaje económico e industrial, las tecnologías de doble uso y otras consideradas delicadas. Esta gama de asuntos pasó a formar parte de la temática de los servicios de inteligencia, lo que dio origen a la necesidad apremiante de aumentar la cantidad de personas para el procesamiento así como a la formación técnico-profesional para evaluar las cuestiones que tienen o no el potencial de convertirse en crisis.

Del mismo modo, exigió la constante reformulación de la doctrina de contrainteligencia, con redireccionamiento de sus objetivos, posturas y principios. Se destacaron dos puntos como cruciales: el primero, la protección de los conocimientos sensibles contra ataques virtuales –o ciberterrorismo– que ocurren todos los días a mansalva en distintos países, desde distintas fuentes. El segundo tiene que ver con el compromiso sistemático hacia asuntos confidenciales por parte de las fuentes de la propia comunidad de Inteligencia, como sucedió recientemente en el sitio Wikileaks.

Este proceso de transformación todavía está en implementación en la mayoría de los servicios de inteligencia y se perfila lento porque implica romper con los paradigmas existentes desde la creación de estos organismos, en su mayoría, después de la Segunda Guerra Mundial.

En lo que hace a la doctrina, ésta se mantiene prácticamente igual, especialmente en cuanto a la recopilación, búsqueda y análisis de datos y a la metodología utilizada para la producción de conocimiento. La gran diferencia a marcar en la comunidad de Inteligencia del siglo XXI está en la preparación técnico-profesional y en el cambio de mentalidad del personal que lo integra (agentes de campo analistas y gestores), acompañado por el uso de las nuevas tecnologías. Estas colaboran en la reducción de los riesgos y aumentan considerablemente el grado de certeza sobre determinados eventos, además del carácter puntual, proporcionando al analista una variedad de datos que facilitan la obtención de un panorama más cercano a la realidad, en tiempo real, y a su vez, una mejor calidad del conocimiento obtenido.

Otra cuestión importante es la de abandonar la “visión secretista” que caracterizó a esta actividad durante la Guerra Fría. Con la diversidad de fuentes y formas de acceso, una gran cantidad de información dejó de tener el carácter de confidencial. Un claro ejemplo de esta afirmación está en la inteligencia de las fuentes abiertas u OSINT (Open Source Intelligence) que trabaja con el 80% al 90% de la recopilación en la web y las redes sociales.

Es la información generada a partir de estos datos, que luego se somete a un proceso de análisis, la que puede recibir el carácter de confidencial y no los datos propiamente dichos. Esta visión cartesiana continúa vigente en la cooperación y acaba dificultándola entre algunos órganos y agencias, en lo que se refiere al redireccionamiento del proceso de análisis para otros órganos semejantes de la esfera gubernamental. También dificulta una coordinación y colaboración más efectiva entre ellos, especialmente al momento de compartir datos cuando existe una gran cantidad de material recopilado que queda archivado por deficiencias del personal.

La consecuencia más dañina es una competencia interna por la hegemonía de la información que da lugar a la posible concreción de las amenazas que, en un principio, se presentaban como probables. Asimismo, este fue uno de los problemas que mencionó la Comisión Federal que investigó las causas de los atentados del 11 de septiembre, que incluso una década más tarde, permanece presente en distintas agencias en todo el mundo.

Aún así, a pesar de expresivas victorias que en la mayoría de los casos no alcanza el dominio público, y de fracasos estruendosos que son transmitidos por los medios de forma sensacionalista, esta actividad está recibiendo el reconocimiento de la comunidad internacional, porque se está convirtiendo en un área vital en casi todas las expresiones del poder nacional, especialmente en el sector militar, económico y de la ciencia y tecnología, con repercusiones directas en la política internacional.

Frente al surgimiento de nuevos actores no estatales, la percepción común es que el desarrollo y el progreso de cualquier sociedad pasa necesariamente por el asesoramiento eficiente en el proceso de toma de decisiones, en los más altos niveles, en asuntos delicados que implican cuestiones amplias y complejas como la seguridad, la defensa y la soberanía.

En este contexto es normal que surjan polémicas e inseguridades de parte de las distintas corrientes, en algunos casos, por falta de conocimiento sobre la actividad y sobre sus mecanismos de control estatal. Entre las polémicas más contundentes, se encuentra aquella defensora del postulado que indica que otorgar un poder desmedido a los servicios de inteligencia cercenaría las libertades y reduciría los derechos y garantías individuales en nombre de un enemigo híbrido, tal como se describe en la obra de George Orwell, 1984.

Este recelo se da principalmente en países de América Latina en los que, durante los años 1960 y 1980, período en el que se perpetraron algunos abusos, los servicios de información ponían énfasis en el fuero interno, en la detección y aprisionamiento de integrantes del Movimiento Comunista. En la actualidad, las amenazas son más complejas, abarcativas y letales.

Por último, la actividad de Inteligencia siempre despertará una fascinación en las personas por esa necesidad que sienten de develar misterios y cuestiones desconocidas, e incluso, el nivel de confidencialidad que se le otorga al contenido seguirá fomentando las más diversas paranoias y teorías de conspiración. Por lo tanto, la lección que nos deja la historia respecto a esta actividad es que, desde la prehistoria y hasta nuestros días, ésta se consolida cada vez más como una herramienta indispensable para la supervivencia de las sociedades en un mundo que fue siempre muy competitivo, y que cada día presenta nuevos riesgos y amenazas.

André Luís Woloszyn, Teniente-Coronel retirado, diplomado en Inteligencia Estratégica en la Escuela Superior de Guerra del Brasil, y especialista en terrorismo.

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