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2012-04-19

“Llevadera es la labor cuando muchos comparten la fatiga”

El soldado sufrió fuertes heridas en un campo minado durante combates contra la organización narcoterrorista de las FARC. (Foto: Fuerza Aérea de Colombia)

El soldado sufrió fuertes heridas en un campo minado durante combates contra la organización narcoterrorista de las FARC. (Foto: Fuerza Aérea de Colombia)

Crónica basada en hechos reales por el Teniente Coronel Ricardo Andrés Torres Suárez/Fuerza Aérea Colombiana

Vi el espíritu de Colombia en aquel despertar. Fue una mañana de feria, de sol radiante y de ánimos primaverales. Una mañana de sábado en Medellín, Antioquia. Afuera se adornaban las carrozas y los caballos, adentro, en el hospital Pablo Tobón Uribe, en la unidad de cuidados intensivos, un soldado profesional del Ejército Nacional yacía en una cama. Su rostro carecía de vida, el lado izquierdo estaba destrozado, el ojo cubierto por una gasa, su oreja, su pómulo y su mandíbula reparados por varias suturas. Bajo las sábanas se entreveía una respiración frágil, casi terminal.

La noche anterior, siendo piloto de un helicóptero UH-60 Black Hawk del Comando Aéreo de Combate N.o 5, Rionegro, Antioquia, mi tripulación recibió la alerta para una evacuación aeromédica. Se trataba de este soldado herido en un campo minado durante combates contra la organización narcoterrorista de las FARC. En la selva y bajo el fuego cruzado, fue auxiliado por uno de sus compañeros que rasgó su uniforme e hizo un torniquete para contener la abundante sangre que perdía. Las heridas eran atroces, expelían un olor nauseabundo, contaminadas con las heces humanas que contenía la carga explosiva. Su pie izquierdo colgaba de tendones y el filo de los huesos había atravesado la piel.

Eran las 9:00 de la mañana cuando llegué a la recepción del hospital, donde una enfermera me informó que había concluido la cirugía y el soldado se recuperaba en cuidados intensivos. Al tomar el ascensor recordé las primeras horas de ese día cuando empezó la evacuación de aquel joven. A las tres de la madrugada piloteaba el Black Hawk y descendía vertiginosamente entre los filos de la serranía de Ayapel. Volaba con visores nocturnos junto a un helicóptero AH-60 Arpía que disparaba sus ametralladoras para repeler el ataque antiaéreo de una cortina de fuego que el enemigo nos tenía preparada.

Al lograr la copa de los árboles iniciamos la aproximación final. El flujo del rotor levantó tierra y pedazos de madera que formaron un remolino de luces y sombras de donde emergieron cuatro soldados con la camilla. Nuestro enfermero de combate y los técnicos de vuelo recibieron el cuerpo y lo instalaron en la cabina de carga. Tan pronto salimos de aquel hueco y cerramos puertas, el olor de sus heridas inundó la aeronave. Giré mi cabeza para evaluar la situación y me encontré con la figura de un guerrero gastado por la barbarie, un nazareno de rostro demacrado, traía sus ropas lavadas en sudor, sangre y barro.

El ascensor llegó al piso de cuidados intensivos, las puertas se abrieron y me sorprendió un cadáver cubierto de sábanas rosadas que atravesaba el pasillo. Me persigné sin querer observar demasiado. Pero era inevitable. Las sábanas delineaban una figura fría, sombría, parecía olvidada, era como un objeto más en aquel piso. ¿Y si fuese el soldado? Esta visión me dio una punzada en el pecho. No podía creer que nuestro esfuerzo terminara de esta manera. No podía dar por cierta esa idea. La angustia me hizo actuar de manera extraña, acerqué mi mano para descubrir su rostro.

“¿Es usted familiar?”, preguntó una enfermera, quien me sacó bruscamente de mis pensamientos.

“No, no… Busco a un soldado que trajimos esta mañana, venía herido por una mina antipersonal.”

“Pronto despertará”, respondió señalando una habitación al extremo de la sala. Indiferente cubrió el rostro del cadáver y se marchó con él hasta perderse en fondo del pasillo. Un médico escuchó aquella conversación.

“¿Es usted familiar del soldado?”, preguntó. “No, soy el piloto de la tripulación que esta madrugada lo evacuó. Vine a verle porque quiero conocerlo.”

“Gracias por lo que están haciendo ustedes”, dijo. “Casi todos los días nos llegan soldados así. Este hombre entró medio muerto, lo trajeron a tiempo. Mire, pronto despertará. Está muy grave, ha perdido mucha sangre y tratamos de controlar una fuerte infección generada por la contaminación de las heridas. Su pronóstico es reservado. Le amputamos el pie izquierdo y aún no sabemos si pierde el ojo. No ha despertado, si lo hace, no le dé la noticia, déjeme hablar primero con él.”

Mientras volábamos, el enfermero de combate abrió el botiquín y agitó un frasco, inyectó el contenido en el brazo del paciente, quitó los vendajes sucios y examinó las heridas, evaluó el pulso y preguntó el tiempo para llegar a Medellín. Le dije, “50 minutos.” Al fondo, detrás de las montañas se veía el resplandor de la ciudad, eran las 03:40 horas, los motores del helicóptero estaban a plena marcha, casi a punto de reventar. La ciudad se preparaba para celebrar la Feria de las Flores 2005. ¡Qué paradoja, pensaba, unos celebrando y otros luchando a pie firme ya sea heridos o hiriendo sin querer para sobrevivir! El enfermero estaba concentrado en cambiar vendajes, inyectar medicamentos y limpiar heridas. Noté que susurraba una oración.

Al entrar a la habitación encontré al soldado inconsciente y conectado a varios monitores que vigilaban sus signos vitales. La atmósfera de la habitación era tan densa que sentí que pesaba sobre mis hombros. Reinaba un silencio glacial, como de tumba. Su rostro parecía el de un modesto pescador. Las heridas ya se veían limpias y el muñón, envuelto en gasas, sobresalía en las sábanas. Uno de sus dedos hizo un movimiento brusco y el monitor empezó a pitar. Al instante abrió la mano izquierda y súbitamente, con un impulso tembloroso y torpe, levantó el brazo derecho para quitarse las conexiones que lo mantenían vivo. El médico se abalanzó y me dio instrucciones para ayudarle. Entró una enfermera corriendo.

Sus fuerzas fueron debilitándose hasta que logró calmarse. Su mirada divagó por la habitación. Un médico, una enfermera, un hombre extraño, monitores, agujas y esparadrapos lo rodeaban. Y de pronto comprendió la situación. Su ojo derecho penetró la mirada del médico y éste con un aire de pena tomó su hombro para hablarle.

¡Soldado, gracias! Gracias por lo que ha hecho por Colombia. Ayer usted cayó en un campo minado y sufrió graves heridas. Uno de sus pies llegó muy mal y no pudimos recuperarlo. El soldado cerró los ojos y apretó sus labios. Una lágrima rodó por su rostro. Hubo un silencio que traspasó los muros e invadió el piso entero.

“¿Quiere que llame a alguien y le avise que se encuentra aquí?”, pregunté.

“A mi comandante. Dígale que estoy con moral y con berraquera. Que me esperen allá, que… volveré a caminar. ¿Cierto doctor?”

El doctor asintió.

“¿Y mis compañeros? ¿Cómo están ellos?”

“Se encuentran bien”, respondí.

Hubo una alegría lejana en sus ojos. “¡Viva mi Ejército Nacional! Vamos a ganar ¿cierto? Ese es mi Ejército”, dijo, y cayó en un llanto incontenible.

Sentí como si algo se me hubiese roto dentro del alma.

“Y su mamá, ¿quiere que la llame?”, insistí.

“No, a ella no… Yo después hablo con ella. No quiero preocuparla.”

“¿Necesita que le traiga alguna cosa? ¿Comida, ropa…?”

“Si, consígame una Biblia por favor, necesito hablar con Dios.”

Quedamos en silencio largo rato, había visto el espíritu de Colombia en aquel rostro deshecho, en aquel cuerpo debilitado pero de una gran fortaleza espiritual. El valor de este soldado no era falso, era virtuoso. Un hombre alejado de las hipocresías. La Fuerza Aérea Colombiana había salvado el espíritu de un valiente, símbolo del heroísmo de todos los soldados colombianos. Ese día me sentí muy orgulloso de portar las alas de piloto militar. Había visto cómo el compromiso de nuestra Fuerza Aérea nos hacía líderes en la adversidad y ejemplo para todos los compatriotas.

Camino a Rionegro, a la Base Aérea donde vivía, sentí como si no hubiese pronunciado una sola palabra en toda mi vida. Sentí que no podía hablar de lo que más importaba, de lo que era objeto de mis pensamientos más profundos. Agudicé mis oídos, contuve los latidos del corazón para no perder un sólo detalle de aquel encuentro, era necesario que mi memoria guardara esta experiencia, pues debía recordarla cada vez que mi espíritu o el de algún compañero flaquearán.

*Frase de Homero, nombre dado al poeta griego, autor de La Ilíada y La Odisea.

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1 Comentario

  • Richard Leite | 2012-05-02

    Interesante nota acerca de la Base Aérea de Río Negro