2012-01-20

Timochenko, líder de las FARC, es condenado por el asesinato del arzobispo Isaías Duarte Cancino

El arzobispo colombiano Francisco Sarasti preside en Cali un acto en memoria del arzobispo Isaías Duarte Cancino, en marzo de 2005. Duarte fue asesinado por dos hombres frente a una iglesia el 16 de marzo de 2002, luego de la celebración de una boda. [Reuters/Eduardo Muñoz]

El arzobispo colombiano Francisco Sarasti preside en Cali un acto en memoria del arzobispo Isaías Duarte Cancino, en marzo de 2005. Duarte fue asesinado por dos hombres frente a una iglesia el 16 de marzo de 2002, luego de la celebración de una boda. [Reuters/Eduardo Muñoz]

Por Jamie Dettmer

Los disparos que mataron al arzobispo Isaías Duarte Cancino frente a una iglesia en Cali, Colombia, el 16 de marzo de 2002, fueron noticia en todo el mundo. El acto fue condenado de forma inmediata, y el Papa Juan Pablo II se refirió al hecho con duras palabras.

"Él pagó el precio más alto por su enérgica defensa de la vida humana, su firme oposición contra todo tipo de violencia, y su dedicación al desarrollo social según el Evangelio", dijo el difunto Papa.

Casi una década más tarde, una corte colombiana ha atribuido la responsabilidad del asesinato de Duarte Cancino a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, y ha condenado al líder supremo de las FARC, Rodrigo Londoño Echeverry (alias “Timochenko”) por su participación en el asesinato junto con otros tres importantes guerrilleros de la organización terrorista: Noel Mata Mata, Jorge Torres Victoria y Luciano Arango.

Los cuatro fueron juzgados en ausencia y condenados a 25 años de prisión cada uno. También se les ordenó pagar el equivalente a US$543.000 a la familia del prelado. Al dictar su sentencia, el juez de la corte penal de Cali expresó lo siguiente: "No quedan dudas de que el asesinato del arzobispo Isaías Duarte Cancino estuvo vinculado con su condición y posición religiosa. Como arzobispo de Cali, se oponía a los actos reprensibles que constantemente llevan a cabo los guerrilleros en este país".

El juez reiteró la importancia de capturar a los cuatro rebeldes convictos. Las condenas vinieron siete años después de que otro guerrillero, Alexander de Jesús Zapata (alias “Cortico”) fuera condenado por el mismo crimen, en enero de 2005, y sentenciado a 36 años de prisión.

Timochenko, de 52 años, asumió el control de las FARC luego de que su predecesor, Alfonso Cano, fuera ultimado en un operativo militar el pasado noviembre.

Duarte: un destacado detractor de las FARC

El arzobispo Duarte tenía 63 años cuando fue asesinado, con lo que se transformó en el mayor de los más de 30 clérigos colombianos que han sido asesinados en lo que aparentemente constituye un ciclo incontrolable de venganza.

Religioso abiertamente crítico de la violencia política y vinculada con el narcotráfico, fue designado arzobispo por el Papa Juan Pablo II en 1995, luego de varios años como obispo de Apartadó, una región dedicada al cultivo de bananas cerca de la frontera con Panamá. Por años, Apartadó había estado plagado de guerrilleros, paramilitares, narcotraficantes y traficantes de armas. Duarte intentó dar inicio a negociaciones de paz, pero tuvo poco éxito.

Cuando llegó a Cali, el centro de operaciones suroccidental de algunas de las organizaciones narcotraficantes más poderosas de Colombia, Duarte no perdió tiempo en denunciar tanto a criminales como a guerrilleros. En pocas semanas, acusó a los capos del narcotráfico de corromper las elecciones para el Congreso del país al destinar dinero a las campañas políticas de los candidatos locales.

Sin temor a controversias políticas, también actuó con decisión con respecto a los guerrilleros. En 1999, excomulgó a los principales miembros del segundo grupo guerrillero de izquierda más importante de Colombia, el Ejército de Liberación Nacional (ELN), luego de que el grupo secuestrara a más de 150 personas que asistían a una misa en una iglesia de Cali.

Y mientras persistía incansablemente en su trabajo pastoral y educativo, continuó denunciando todos los tipos de violencia y a las personas responsables. Criticó duramente al gobierno y al entonces presidente, Andrés Pastrana, por sus propuestas de paz a las FARC, argumentando que intentar negociar con el principal grupo guerrillero del país era absurdo mientras este se rehusara a declarar un alto el fuego durante el desarrollo de las conversaciones.

"Un rebelde que secuestra y mata, que elimina poblaciones enteras y que se ríe del entero proceso de paz, carece de las virtudes propias de un ser humano, y se transforma en la clase más miserable de hombre”, escribió Duarte en 2000. "Rogamos a Dios que los guerrilleros en Colombia sientan un hondo pesar en sus almas por el mal que ocasionan cuando matan a un hermano o una hermana inocente e indefenso, y que puedan entender que lo que hacen no es tan solo una guerra, sino simplemente una repetición de los actos de salvajismo de las épocas más tristes de la historia humana".

Las implacables críticas de Duarte le granjearon elogios de líderes paramilitares de derecha, pero él ignoró esas alabanzas y se enfocó en sus actos de asesinato.

Un asesinato que generó indignación

El arzobispo nació en San Gil, provincia de Santander, y asistió a la escuela secundaria en la localidad cercana de Bucaramanga antes de ingresar a un seminario en Pamplona, España. Prosiguió con sus estudios teológicos en Roma. Al graduarse, regresó a Bucaramanga, donde se desempeñó como párroco hasta 1985, cuando fue designado obispo de Germania de Numidia. Tres años más tarde, se transformó en el primer obispo en funciones de la recién creada diócesis de Apartadó, en la provincia de Antioquia, al norte del país.

Fue en Antioquia que Duarte desarrolló una estrecha relación de trabajo con Álvaro Uribe Vélez, en ese entonces un sensato gobernador de provincia que posteriormente se transformaría en presidente.

El asesinato de Duarte fue una conmoción, pero en cierto modo no fue del todo inesperado. Fue brutal, y los asesinos se aseguraron de que el prelado no sobreviviera. El homicidio ocurrió luego de que guerrilleros irrumpieran en la iglesia Buen Pastor en Aguablanca, uno de los distritos más pobres de su arquidiócesis en Cali.

Recién había terminado de celebrar un matrimonio colectivo de 105 parejas cuando hombres armados ingresaron a la iglesia y dispararon varias veces contra él, según cuentan testigos. Un párroco también resultó herido en el ataque.

Edilberto Ceballos, chofer de Duarte, dijo a Caracol Radio que dos hombres habían disparado varias veces contra el arzobispo.

"Dos tipos entraron y comenzaron a disparar y lo alcanzaron tres o cuatro veces, posiblemente seis", dijo el chofer. “Lo vi muerto.” Ricardo Vanegas, director del hospital Carlos Holmes Trujillo, en Cali, confirmó que el prelado estaba muerto cuando llegó al hospital. El gobierno lanzó una fuerza de trabajo especial para identificar y apresar a los responsables. Las autoridades colombianas inmediatamente culparon a rebeldes de izquierda, pero en medio de una ola de acusaciones, posteriormente informaron que se encontraban trabajando en otras teorías.

Una de ellas era que las FARC no habían actuado de forma independiente, y que narcotraficantes y paramilitares con vínculos al narcotráfico también habían participado en la planificación del asesinato.

El obispo Julio César Vidal Ortiz, de Monteria y amigo personal cercano del arzobispo, dijo en reiteradas oportunidades que había existido una conspiración más amplia detrás del asesinato, y basó sus alegaciones en una reunión que había mantenido con el líder paramilitar Carlos Castano Gil, que también resultó muerto. El obispo denunció la naturaleza del conflicto armado en Colombia, "en el cual ideologías marxistas y sus archirrivales se unen para defender su negocio, el de la cocaína".

Sin embargo, un fiscal vinculado con la Organización Nacional de Derechos Humanos desestimó la teoría de una conspiración más amplia, y atribuyó el asesinato directamente a líderes de las FARC.

Luego del asesinato, la administración de Pastrana enfrentó duras críticas por no haber protegido al arzobispo. El presidente afirmó que la policía había ofrecido guardaespaldas a Duarte, pero que el arzobispo siempre se había negado. Sin embargo, luego de su muerte, asistentes de Duarte insistieron en que habían solicitado protección policial para el prelado, pero que nunca recibieron una respuesta.

Unos poco días más tarde, mientras hablaba sobre el arzobispo, el papa Juan Pablo II comentó: "Mientras elevo mis oraciones para el descanso eterno del fallecido prelado y expreso mi cercanía con la Iglesia colombiana, que llora por esta trágica pérdida, insto una vez más a los colombianos a seguir la senda del diálogo, a excluir cualquier tipo de violencia, chantaje y secuestro, y a comprometerse firmemente con lo que son los verdaderos caminos de la paz".

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